Mi AMiGO “EL BETO”: ¿A QUÉ SE DEDiCA? A LA BEBiDA (parte 3)

Mi amigo "el Beto"

Mi amigo “el Beto” se parecía mucho al personaje “Dr. Gonzo” interpretado por Benicio del Toro en la película “Pánico y Locura en Las Vegas”.

Tiempo atrás, EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO presentó a el Beto, uno de los personajes más pintorescos y singulares que conocí jamás. La Parte 1 de su serie de andanzas da cuenta de las peculiaridades que lo caracterizaban, y la Parte 2 abunda en detalles jugosos sobre sus actividades. En esta Parte 3 la leyenda continúa…

Era una típica tarde de siesta en mi pueblo, de ésas en las que parecía que el tiempo no transcurría. Como de costumbre, en mi casa estábamos el Beto, mi mejor amigo Tadeo y yo, sin absolutamente nada que hacer. En esos años de adolescencia, nuestras vidas se resumían en un solo verso de La Mosca: “…la vida te trata como el culo; sabés que no hay futuro, sólo hay tiempo que perder”. Lo que nos sobraba era tiempo, y nos esmerábamos por desperdiciar cada segundo de él.

Whisky "White Horse"Daba la casualidad de que ese día me acordé que tenía encanutada una botella de whisky White Horse que mi vieja había comprado en el free-shop del aeropuerto una vez que viajó al extranjero, y que yo se la robé la última vez que fui a visitarla (ella vivía en otra ciudad). Cuando les conté esto, mis amigos se alegraron como si se hubiera adelantado la Navidad. De inmediato pelamos los vasitos whiskeros y nos fuimos a sentar en mi balcón a escabiar. A pesar de ser una bebida particularmente áspera, el whisky –puro y sin hielo– se terminó sorprendentemente rápido. El Beto, que se había tomado la mayor parte, no podía dejar de hacer alguna estupidez, y agarró la "El Beto" tomando whiskybotella vacía con intenciones de darle disposición final. ¿En el tacho de basura? Por supuesto que no: el Beto tenía su propio método de tratamiento de residuos. Con la botella en la mano, nos dijo “a que la reviento contra el cordón de la vereda de enfrente, justo adelante de esa camioneta”. Tadeo y yo nos alarmamos y le dijimos “¡no, boludo, en la camioneta hay gente!”, pero antes de que termináramos la frase él ya había lanzado la botella, que cayó y reventó en mil pedazos contra el cordón, a apenas centímetros de la trompa de la camioneta, mientras ésta última arrancaba y pasaba por encima de los vidrios que se esparcían. Fue un milagro que no muriera nadie (de la camioneta o de nosotros).

"El Beto" vomitandoCalle Lavalle / Avenida MitreTras putear y querer cagar a palos al Beto, nos dimos cuenta de que se nos había calentado el pico y que, para evitar la resaca, no había más remedio que seguir chupando. No nos pintaba quedarnos encerrados en mi casa, así que resolvimos ir al único abrevadero abierto un día de semana a las 3 de la tarde: el kiosco “Sofía”, que vendía cerveza a toda hora y, aunque no tenía mesas, permitía beber en la vereda – siempre que no fuese la de su propio frente.

Tipos discutiendoSalimos rumbo al kiosco y, mientras caminábamos, en cierto momento el Beto y Tadeo entablaron una acalorada discusión de borrachos. Aparentemente Tadeo se había atribuido la facultad de administrarle al Beto un sermón sobre lo patética que era su existencia y lo que debía hacer para encarrilarse, y el Beto no estaba demasiado de acuerdo. Yo, dada mi condición etílica, iba como entre nubesdel pedo que tenía– y no les prestaba mucha atención. Sin embargo, la monserga continuó y fue subiendo de tono durante todo el tiempo que tardamos en llegar a lo de Sofía, tomarnos dos o tres cervezas ahí y volver a mi casa. En cuanto estuvimos nuevamente en mis dominios, conduje al Beto y a Tadeo –quienes seguían discutiendo como desde hacía dos horas– hacia mi habitación, los hice entrar, salí, cerré la puerta y le eché llave, dejándolos efectivamente encerrados. Tan absortos estaban en su discusión que no se dieron cuenta de que estaban atrapados hasta que les grité “¡de ahí no van a salir hasta que hagan las paces!”. De a poco sus voces fueron aquietándose hasta que, media hora de encierro después, Tadeo se acercó a la puerta y dijo “ya está, ya nos amigamos, ¡ahora dejanos salir!”. No obstante, en ese lapso, el alcohol que yo había bebido ya había sido absorbido totalmente por mi cerebro, lo cual me hizo empecinar y gritarles “¡¡¡NOOOO!!! ¡Apenas salgan van a empezar a pelear de nuevo!” Durante casi una hora más seguí negándome a liberar a mis amigos, aunque Tadeo intentaba negociar –infructuosamente– mientras sacudía la puerta y se desesperaba cada vez más. El Beto, entretanto, parecía ajeno a toda esta situación pues no emitía señales de vida. Patadón a puertaFinalmente salí de mi estupor alcohólico al percibir un sacudón espantoso acompañado del ruido de madera astillada: Tadeo había pateado la puerta. La abrí precipitadamente para evaluar los daños y mis amigos finalmente se vieron libres, aunque a esa altura ellos ya no me importaban: lo que me preocupaba era cómo iba a explicarle a mi padre –con quien yo vivía– el flamante y enorme agujero que mi puerta acababa de estrenar.

Tal sucesión de eventos desafortunados me hizo caer en un profundo pozo depresivo –es decir, me pintó el pedo melancólico– y me puse a vociferar “¡¡¡NOOOO!!! ¡ME VOY A SUICIDAR!”, lo que al principio al Beto y a Tadeo les causó gracia pero después los alarmó porque yo gritaba cada vez más y no me podían hacer callar. Al rato cayó la madre de Tadeo a mi casa –supongo que él la habría Recepcionistallamado– pero ella tampoco logró tranquilizarme. Por ese entonces mi viejo andaba de viaje por Norteamérica, y en cierto momento se me ocurrió llamarlo para decirle que vuelva. Tadeo, su mamá e incluso el Beto me dijeron que hacer eso, en mi estado, sería muy estúpido, lo cual me convenció de hacerlo. Tras varios intentos –seguramente todas las apuestas estaban en mi contra– pude discar el número de teléfono del hotel donde había ido mi padre y me vi enfrentado contra una recepcionista que hablaba inglés. Mi idioma de borracho debe haberle sonado tanto a inglés como a japonés porque, tras varias repeticiones, me dijo algo que entendí por “lo siento, ese señor no está alojado en este hotel” y cortó. Creo que fue lo mejor que ocurrió ese día.

"El Beto" comiendo polloAdemás de borracho yo estaba desolado, sentado en el suelo junto a la mesita del teléfono, en posición fetal, sin saber qué hacer y mirando a la nada, hasta que vi al Beto entrar al living comiendo un ala de pollo con una mano y sosteniendo una fuente en la otra. Me preguntó “¿puedo comerme este pollo que estaba en el horno?” y le respondí “seguro, terminátelo si querés”. Lo que no le dije fue que ese pollo lo había cocinado mi vieja durante su última visita, hacía dos o tres meses antes, y esas eran sobras que quedaron olvidadas (y nunca se refrigeraron). Contuve la risa mientras el Beto se comía todo el pollo podrido sin percatarse ni dejar nada. Para colmo, según él, “estaba riquísimo”.

Pollo podridoLa madre de Tadeo no se molestó en ofuscarse con nosotros por nuestra ingesta excesiva de alcohol porque sabía que estábamos demasiado borrachos como para darle bola a ninguna reprimenda. En cambio, nos invitó a cenar en su casa. No recuerdo cómo llegamos ahí, pero luego de comer, beber algo sin alcohol y pasar un rato en la calidez de un ambiente familiar, los tres logramos rescatarnos un poco. Tanto fue así que el Beto y Tadeo parecían estar con todas las pilas de nuevo; en consecuencia, por mayoría de 2 votos contra 1, la decisión fue seguir de caravana y nuestra próxima parada sería la casa de la Nené.

Chica fácilLa casa de la Nené era lo más parecido a nuestro aguantadero: allá íbamos a emborracharnos las noches de semana –más de una vez fuimos a la escuela un Martes o Miércoles con el pedo de la noche anterior– y a pasar el rato con ella, sus amigas y su mamá. Esta tal Nené no era precisamente conocida por ser una chica difícil sino, más bien, por todo lo contrario. Como dice el refrán: “puta la madre, puta la hija; puta la manta que las cobija”. Un compañero nuestro de la escuela secundaria se la garchó el mismo día que la conoció, en el balcón de un boliche, apenas horas después de que ella había tenido relaciones sexuales con su novio de entonces. En otra ocasión, durante una de las frecuentes fiestas negras que yo organizaba en mi casa cuando mi Fila de hombres desnudospadre no estaba, la Nené se llevó a mi pieza a un amigo de Tadeo conocido como Tribilín, quien se la cogió en mi propia cama (lo único prohibido en mis fiestas era tener sexo en la cama de dos plazas de mi papá). Luego de acabar, Tribilín salió de la habitación pero la Nené se quedó ahí, adonde entró inmediatamente el hermano de Tribilín y también se la cogió. Yo mismo me transé a la Nené una vez pero no me la culié porque me dio vergüenza ya que, en esa oportunidad, estábamos compartiendo una misma cama con otra minita más y Tadeo (yo era un adolescente muy, muy inexperto en aquellas épocas: ese pudo haber sido mi primer y único foursome). Irónicamente, entremedio y después de esos acontecimientos, el único que siguió cogiéndose a la Nené regularmente durante algún tiempo fue Tadeo.

Casa de barrioRetomando nuestro relato: después de cenar en casa de Tadeo, ya tarde en la noche, caminamos hasta lo de la Nené, que vivía a algunas cuadras de ahí. Su madre nos recibió, nos hizo pasar y nos ofreció de beber algo que pudo haber sido vino, sidra o Gancia; el Beto aceptó gustoso y se puso a chupar como si hubiera llegado del desierto. Yo no tomé nada; todo el tiempo que estuve en esa casa me lo pasé sentado, inmóvil, mirando a la nada: estaba demasiado reventado como para siquiera hablar. La Nené, entretanto, recibió a Tadeo con los brazos abiertos –y las piernas también– y ambos se metieron al cuarto a echar un polvo. Mientras estábamos sentados, el Beto me decía “ojalá que éste se apure así después puedo pasar yo”. De lo mamado que estaba, el Beto pretendía emular la proeza sexual de Tribilín y su hermano. Más o menos media hora más tarde, cuando Tadeo salió de la pieza, el Beto lo atajó preguntándole ¿es mi turno ya?. Tadeo al principio no pudo entender o creer lo que el Beto se proponía y luego, de tanto que éste porfió, finalmente lo dejó pasar a probar suerte. El Beto se metió a la habitación, donde todavía estaba la Nené, y cerró la puerta tras de sí. Entre risas, Tadeo y yo contamos los minutos que el Beto duró ahí adentro, y no pasaron más de cinco antes de que volviera a salir y le cerraran la puerta desde adentro. ¿Tan rápido acabaste?, le preguntamos. “No,” respondió el Beto, no sé por qué, pero conmigo no quiso coger.

Mi amigo "el Beto"

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 4)

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria. La Parte II detalla su puesta en marcha el primer día. La Parte III narra las peripecias que vivimos intentando sobrellevar el impacto de una feroz tormenta que arrasó la feria.

Día 4

Llegó el último día de la COINPY / COIMPY XXI. Los puestos destruidos por el huracán fueron desmantelados y reemplazados por un número aún mayor de puestos nuevos. Lógicamente, los comerciantes querrían aprovechar el influjo de gente atraída por los shows de cierre de la feria (se corría el rumor de que los famosos “Nocheros” estarían entre ellos). Tal es esto así que, durante nuestra recorrida previa a abrir nuestro puesto, Tadeo y yo descubrimos que una panchería rival se había instalado en la otra punta del predio, más cerca del escenario que nosotros. Eran los únicos competidores directos realmente serios que enfrentábamos en nuestro nicho del mercado (el restaurant-parrilla montado ex-profeso enfrente nuestro no contaba); sin embargo, no nos preocupamos demasiado porque confiábamos en nuestro probado modelo de negocios y, además, el volumen de clientes era mucho mayor que el que nosotros solos teníamosBoliche Don Miranda capacidad para atender. Concientes del panorama, volvimos a nuestra garita y abrimos. A través de nuestra puerta trasera podíamos ver, más allá del alambrado del predio y la Calle Angosta, que en el Boliche Don Miranda los organizadores del evento habían montado su propia festichola privada.

Enfrente nuestro, a apenas varios metros, se habían instalado unos jipis con sus manteles, vendiendo artesanías. Parece que Tadeo y yo ejercíamos una extraña atracción sobre esa clase de gente. Eso, o el hecho de que estuviéramos cerca de la entrada principal de la feria. No tardó mucho en acercársenos un jipi a preguntar los precios de los panchos y las cervezas. En cuanto se los dijimos nos respondió, sin ninguna vergüenza, que no tenía dinero pero que quería cerveza. Le dije que vuelva a donde estaba, venda algunas artesanías, y venga a comprar cuando tenga con qué pagar. El jipi no se movió sino que, dirigiéndose a Tadeo, le ofreció una tuca de nevado a cambio de un litro de cerveza. Me indigné ante semejante oferta y le planteé a Tadeo mi firme oposición a tal intercambio; no obstante, él accedió y no hubo nada que yo pudiera hacer para impedirlo, aunque me determiné a descontarle esa cerveza de su tajada de las ganancias.

Poco después empezó a llegar gente –mucha gente– y a arremolinarse frente a nuestro puesto con intenciones de compra, hasta formar un verdadero tumulto de hombres y mujeres semi-borrachos que se empujaban y se pegaban codazos entre sí mientras pedían panchos y cerveza a los gritos. Era el sueño de cualquier panchero y nosotros lo estábamos haciendo realidad. Obviamente, no dábamos abasto pero hacíamos lo mejor que podíamos, aunque ello implicaba despachar algunos panchos con la salchicha cruda o pasada de cocción –reventada–, el pan deshecho, el aderezo chorreado o bien pijoteado. Nada de esto le importaba a nuestros clientes, que en su ebrio frenesí nos arrebataban los panchos de las manos, se alejaban unos pasos para devorarlos, y volvían minutos después a amontonarse en la muchedumbre.

En medio de esta locura, Tadeo se levantó intempestivamente, llevándose consigo lo que el jipi le dio y dejándome solo frente a la multitud. Salió de la casilla y se instaló junto a la puerta, apenas fuera de la vista. Momentos después de atrás de la panchería empezó a brotar un humo de olor dulce y pungente que la envolvió por completo. Eso me sorprendió y también me alarmó porque estábamos cerca de la entrada de la feria y de los vigilantes que la custodiaban. Milagrosamente, Tadeo no fue expulsado ni arrestado, sino que volvió a entrar a la panchería al poco rato, esta vez con los ojos hinchados y una sonrisa estúpida dibujada en su rostro, y se puso a atender clientes diciéndoles cosas como “Ah, ¿querés panchitos? Tenés hambre, ¿no? ¿Te empezó a picar la pancita?”. Para ser justo admitiré que ambos estábamos alcoholizados y solíamos comentarles tonterías a nuestros clientes, quienes no les daban importancia porque ellos se encontraban en idéntico o peor estado.

Con la noche llegó el punto álgido de la feria: los recitales. Como era de esperarse, el número estelar no resultó ser “Los Nocheros” sino Los Brocheros (ensemble folklórico oriundo de la localidad de Cura Brochero, provincia de Córdoba). No pudimos ver los shows porque teníamos un mangruyo enfrente, aunque poco nos interesaban: preferíamos cumbia, cuarteto y heavy metal, que escuchábamos por un Walkman con parlante interno. El espectáculo fue muy breve y, cuando terminó, todo el mundo se fue desconcentrando lentamente. Al final, apenas pasada la medianoche, en la panchería quedamos Tadeo y yo sirviendo a los dos personajes más pintorescos que conocimos en toda la aventura.


Uno de ellos era un flaco de pelo largo, barbita, vaquero y campera de jeans, que decía tener una banda y por eso lo apodamos el rockero. El otro era un petiso morocho que vestía un largo poncho rojo y botas de cuero con espuelas; decía pertenecer a una etnia originaria y por eso lo apodamos el paisano. Quiso el destino que estos personajes terminaran comiendo panchos en nuestro puesto, por lo que siempre recordaremos esa reunión como la de “un rockero, un paisano y dos borrachos”. Los cuatro pasamos largas horas conversando mientras compartíamos –o, mejor dicho, regalábamos– vaso tras vaso de cerveza en ronda. El rockero contaba que se había venido desde Buenos Aires hasta San Luis en su motoneta, sin equipaje, y que le quedaba solamente un peso en el bolsillo (tal vez una artimaña suya para chupar de arriba). El paisano contaba que era señor de vastos territorios allá por Chaco o Formosa y que estaba en una misión para salvaguardar el derecho de su tribu a la propiedad de las tierras que habitaban, aunque no nos dejó en claro cómo esa misión lo había traído a San Luis.

Mientras charlábamos, el organizador del evento se cruzó desde el Boliche Don Miranda a visitar la panchería y chupar cerveza –de arriba– con nosotros. Al enterarse de la misión del paisano le recomendó “buscar espacios de poder” desde donde promover su causa y el paisano, sintiéndose condescendido, por poco no lo echa amenazándolo con un puntazo (después nos mostró el facón que traía). Fingiendo no darle importancia, el organizador se fue. No recuerdo cuándo se fueron el rockero y el paisano; sí que el amanecer nos encontró a Tadeo y a mí solos en la panchería matando la última cerveza. Juntamos las cosas y nos fuimos, tambaleando a pie por la Calle Angosta y en bici por la avenida Origone (por poco salvé a Tadeo de morir aplastado por un auto).

Epílogo

Tras devolverles a nuestros padres los $200 que nos habían prestado a cada uno, nos quedaron limpios otros $200 por cabeza: esto significa que los beneficios netos que obtuvimos de la panchería fueron del 100% sobre el capital invertido. Tadeo mencionó que, según su madre, nosotros nos hicimos los boludos y no pagamos el alquiler del puesto. De haberlo hecho, no habríamos obtenido ganancia alguna, aunque tampoco habríamos abierto la panchería en primer lugar si no se nos hubiese dicho que el puesto sería gratis. Por otro lado, cabe destacar que el tornado nos hizo perder 2 de los 4 días que duró la feria: si los hubiéramos podido aprovechar a todos, habríamos duplicado nuestros ingresos.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 3)

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO les desea una Feliz Navidad a todos sus lectores y se ofrece a alegrársela invitándoles a leer EL PAíS DE LAS MARAViLLAS: UN CUENTO sobre EL LADO OSCURO de la NAViDAD.

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria, y la Parte II detalla su puesta en marcha el primer día.

Día 2

01-tornado-el-mejor-blog-del-universoDurante el que sería el segundo día de la feria, un huracán azotó nuestro pueblo, con casi tanta intensidad como el tornado de tres años antes, cuando la recién inaugurada Costanera del Río Quinto fue destruida totalmente por la crecida de este último. Obviamente, mientras la mitad de los ranchos del pueblo se volaban, la feria no abrió y nosotros nos quedamos en casa, temiendo más por nuestras propias vidas que por lo que le sucediera al puestucho de panchos.

Día 3

02-inundacion-en-villa-mercedes-el-mejor-blog-del-universoLa tempestad amainó para la madrugada, por lo que a la tarde Tadeo y yo nos fuimos para la feria –esta vez un rato antes de la hora de apertura– y ahí evaluamos los daños. El lugar era un caos: muchos puestos se habían derrumbado y a los que seguían en pie se les habían volado gran parte de los techos, lonas, carteles y toldos, todo lo cual se hallaba desparramado y esparcido a lo largo y ancho del predio. 03-ruinas-huracan-el-mejor-blog-del-universoMilagrosamente, nuestro garito seguía entero y en su sitio, con sus inmensas y pesadas puerta y ventana de madera aún sujetas firmemente con las lingas de bicicleta. Adentro estaba todo desordenado, tal como lo habíamos dejado. Abrimos una cerveza y nos instalamos.

Si bien el día estaba soleado, la tormenta había dejado un viento helado que soplaba con bastante fuerza, y no tardamos mucho en empezar a cagarnos de frío tras la enorme abertura de nuestra tienda. No podíamos volver a poner la cubierta de madera para guarecernos porque significaría cerrar el negocio, y de todos modos sus listones de madera estaban tan separados que el viento entraría como si nada. Una vez más, salvamos la situación valiéndonos de nuestro inagotable ingenio para idear un plan de contingencia. Recolectamos varios de los carteles que había tirados por ahí y un gran04-rancho-de-varios-pisos-el-mejor-blog-del-universo nylon que debió haber sido el sobretecho de alguna carpa. Nos guardamos el nylon para después y usamos los carteles, uniéndolos entre sí con clavos, para construir un parapeto que montamos sobre el marco inferior del escaparate del puesto. Eso nos cubriría del viento, que correría sobre nuestras cabezas mientras permaneciésemos sentados, sin impedirnos atender a los clientes que acaso vinieran.

05-bidon-de-nafta-el-mejor-blog-del-universoA lo lejos vimos venir a un grupo de pendejitos, seguramente brotados de alguna de las villas aledañas, que parecía merodear por el predio desierto buscando cosas fáciles de robar entre las ruinas de la feria. Cuando vieron que estábamos en la garita, se acercaron a pedir: “¿Nos dan plata?” “No.” “¿Panchitos?” “No los regalamos; los vendemos.” “¿Cerveza?” “Tampoco.” “¿Tenés aunque sea un vaso de agua?” Ante tanta insistencia, de muy mala gana, Tadeo sirvió en un vasito chico un poco de agua, del bidón de la que usábamos para hervir salchichas, y se lo dio al pequeño negociador. Éste tomó un sorbo pero lo escupió de inmediato, gritando “¡Hijo de puta! ¿Qué mierda me diste? ¡Me querés envenenar!” tras lo cual nos revoleó el vaso de agua, que reventó contra la casilla, y se alejó llevándose a sus secuaces consigo. Tadeo y yo quedamos asombrados por la reacción del pibito y se nos ocurrió abrir el bidón de agua: su interior olía a nafta. Ese bidón resultó ser el que la madre de Tadeo solía llevar en el baúl de su auto con combustible de reserva para cuando se le olvidaba pasar por una estación de servicio, y Tadeo lo había usado para cargar agua sin enjuagarlo antes. Finalmente habíamos descubierto el 06-pendejos-tirando-piedras-el-mejor-blog-del-universoverdadero secreto que hacía que nuestros panchos fueran deliciosos. Antes de que pudiéramos decidir si putear o reírnos, sentimos que nuestra casilla estaba recibiendo golpes: los pendejos se habían puesto a apedrearnos desde lejos. Si creyeron que estaban a una distancia segura se equivocaron, porque Tadeo y yo salimos de la casilla y les tiramos piedras a ellos hasta que rajaron.

07-karaoke-chicas-el-mejor-blog-del-universoAparentemente, una de las atracciones de esta feria iba a ser un concurso de karaoke. No lo sabíamos pero nos enteramos a poco de abrir la feria, cuando empezamos a escuchar que, desde el escenario, atrás del mangruyo, emergían por un altoparlante las voces más farragosas, resquebrajadas, prepubescentes, desafinadas y decididamente horripilantes que hubieran podido atreverse a interpretar los hits juveniles del momento (¿se acuerdan de los Mambrú y las Bandana?). Rebautizamos al08-karaoke-chupando-microfono-el-mejor-blog-del-universo certamen como no de karaoke sino de KARA-DUR-OKE por la cara dura que tenían esos niños al cantar tan mal sabiendo que castigaban los oídos de todo infeliz en un radio de 6 cuadras. Nuestra panchería estaba a menos de 50 metros y la cantinela duró al menos otras 4 horas.

09-vanesaalba4-el-mejor-blog-del-universoDurante un buen rato no se vio ni un alma por el predio (los villeritos y los borregos del karaoke no cuentan porque eran unos desalmados, al igual que nosotros). De a poco empezó a entrar y a pulular algo de gente: la mayoría eran feriantes que, como nosotros, venían a ver qué había quedado de sus puestos. La primera persona en acercarse a nuestro puesto fue una minita de jeans ajustados que resaltaban su hermoso culo de manzana (y eso que, en esa época, todavía no estaban de moda los “segunda piel” que hasta dejan ver si a la mina ya le estrenaron el agujero del orto). Esta chica no era una clienta sino una conocida de Tadeo –éste, de algún modo, parecía conocer a todas las minas del pueblo–, se llamaba Vanesa y, al ver 10-trasero-de-manzana-el-mejor-blog-del-universoque estábamos tomando cerveza, pidió entrar a la casilla para chupar de arriba, a lo cual la invitamos gentilmente (fue una pena que no se ofreciera a chupar otras cosas). Días después de la feria, Tadeo me contó que la había invitado a su casa y se la había cogido. Un par de años más tarde volví a cruzarme con Vanesa en la calle, me dio su MSN y la invité al bar El Viejo Molino a ver juntos el partido de su equipo favorito (y eso que aborrezco el fútbol; a veces uno hace cualquier cosa por amor). Al finalizar la cita, ambos con varios tragos encima, creo que me anticipé un poco al momento de agarrarle el culo y la velada terminó sin sexo, ni beso de despedida, ni que volviéramos a hablar jamás.

11-vanesa-el-mejor-blog-del-universoVanesa se quedó un rato charlando con nosotros hasta que tomó suficiente cerveza y se fue. Minutos después se nos acercó otra chica, también bastante atractiva, un poco más alta que la anterior aunque sin tanto culo ni tetas prominentes que la hicieran especialmente deseable. Parecía simpática; nos contó que trabajaba en otro puesto, el cual se había volado en buena parte, y mostró interés en nuestro negocio (aunque no nos compró nada). Casualmente, también se llamaba Vanesa. Conversó con nosotros hasta que, cuando notó que sus encantos de promotora hacían mella en nuestras masculinidades, nos tiró la bomba que traía preparada: uno de los carteles que estábamos usando como parapeto –para colmo el más grande– pertenecía a su puesto y quería que se lo devolviéramos. Tuvimos que dárselo –aunque con agujeros de clavos– y apenas ella lo tuvo en sus manos dio la vuelta y se fue, dejándonos a merced del viento con la mitad del parapeto original, 12-LV-15-radio-villa-mercedes-el-mejor-blog-del-universoreducido a dos cartelitos, uno de los cuales yo me llevé de recuerdo después y lo guardé en un desván durante muchos años.

Como era de esperarse, ese día muy poca gente fue a la feria y, en consecuencia, no vendimos mucho. La hora de cierre nos sorprendió a mitad de una cerveza y decidimos quedarnos a terminarla. Seguía soplando viento frío, por lo que, antes de montar los cerramientos de madera, los recubrimos con láminas del nylon que habíamos conseguido antes. Así, una vez cerrada, la casilla quedó prácticamente aislada del frío exterior, y usando el anafe como estufa logramos hallarnos por primera vez a gusto tras un día realmente duro. Tan bien estábamos que al terminar esa cerveza abrimos otra. De repente alguien tocó a la puerta: era un vigilante que venía con la intención de echarnos; sin embargo, se ve que lo conocía a Tadeo, porque lo saludó como a un amigo de toda la vida, y entró a instalarse con nosotros. Este vigilante, paradójicamente, era nada menos que The Bear, un reconocido personaje de los 14-caja-caliente-hotbox-el-mejor-blog-del-universobajos fondos del pueblo, referente indiscutido en todo lo que fueran vicios, y amigo personal de Tadeo. Así en confianza, The Bear peló un baguyo de marihuana, se armó una macoña y empezó a fumársela. El humo, al estar confinado en nuestro ambiente cerrado, pronto lo colmó y comenzó a recircular por los pulmones –y cerebros– de todos los presentes, ya fuesen fumadores o no.

15-vieja-histerica-el-mejor-blog-del-universoNuestro viaje inesperado fue interrumpido por más golpes en la puerta de la casilla; esta vez más intensos, furiosos, insistentes y frenéticos. Tadeo entreabrió la puerta, para que desde afuera nadie sintiera el olor a porro, y desde afuera una mujer entrometió tanto como pudo su cabeza: era la madre de Tadeo, en pleno ataque de histeria, con una mirada asesina en su cara roja de ira, gritándonos “¡Pero pendejos de mierda! ¿Qué carajo están haciendo acá, a esta hora, y encima con el vigilante? ¡Por su culpa unos borrachos se colaron en la feria a hacer destrozos! ¡Mañana van a ver lo que es bueno! ¡Ahora muevan el culo y rajen de acá para sus casas! ¡¡¡PERO YA!!!” Gritó unos minutos más y luego se volvió hacia su auto, aún puteando y gesticulando. Antes de subirse, le apuntó con el dedo a su hijo y le dijo “Vos ni sueñes con que te lleve: ¡te vas a volver igual que te viniste!”, luego arrancó y se fue, haciendo chillar las gomas. Shockeados por la escena, resolvimos que lo mejor que se podía hacer con un día tan malo era ponerle fin, y nos fuimos cada uno a su respectivo hogar, ansiando reivindicarnos al día siguiente (el cuarto y último de la feria).

La Parte IV de esta saga narra la emocionante conclusión de la odisea panchera.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 2)

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria.

Día 1

Me presenté a la hora exacta de apertura de la feria y ni un minuto antes. Tadeo me informó que habría sido bueno si yo hubiese llegado más temprano para ayudarlo a preparar todo. Me encogí de hombros: todavía no había nadie en el predio más que los propios puesteros, los organizadores y los vigilantes. Para mayor eficiencia, decidimos que la división del trabajo sería ésta: Tadeo herviría las salchichas y yo cortaría el pan y armaría los panchos, pero ambos nos turnaríamos para aderezarlos, servir bebidas y cobrar. Hasta que llegara la gente, nos entretuvimos tomando cerveza, y yo decoré la pared trasera de la casilla grabando sobre la pintura el logo de mi banda favorita de heavy metal (yo era re-heavy, re-jodido en esas épocas).


Apenas comenzó a oscurecer empezaron a llegar visitantes a la feria: era hora de poner en marcha nuestra maquinaria productiva. Entonces empezaron los problemas: no podíamos conectar la manguera del anafe a la garrafa, y tampoco teníamos iluminación dentro del puesto. Renegamos un buen rato hasta darnos cuenta de que no teníamos con qué cocinar. Solucionamos la situación de la única manera que cabría esperar de dos adolescentes con pocas luces: abrimos otra cerveza y nos sentamos a tomarla mirando con caras largas a la gente que pululaba enfrente nuestro, sin hablar más que para echar a los pocos clientes que se nos acercaban.

Estábamos por ponernos a evaluar las consecuencias de nuestro prematuro fracaso empresarial, cuando llegó un ángel a salvarnos: uno de nuestros padres. Andaba de paso, para ver la feria y cómo nos iba, y se sorprendió al encontrarnos a oscuras sin hacer nada. Cuando supo por qué, se ofreció a ayudarnos: se fue y al rato volvió trayéndonos una reguladora de gas para la garrafa, que era la pieza que nos faltaba (prestada por una de sus novias que vivía en el Barrio Estación), una lámpara portátil, un trapo y un repasador para limpiar nuestra superficie de trabajo –cosa que no habíamos previsto hacer– y un paquete de servilletas para no darles a los clientes panchos manoseados por nuestros dedos mugrosos.


Por fin en condiciones, nos pusimos a cocinar y vender panchos. A medida que avanzaba la velada, la afluencia de clientes fue haciéndose cada vez más caudalosa y por momentos casi frenética. Nuestra clientela era muy variada pero predominaban los varones adultos, algunos con sus familias, y casi todos con apariencia de haber venido con cierto dosaje de alcohol previo. La mayoría se quejaba de que se cobrara admisión para una feria de corte comercial como esta, pero eso no podía importarnos mucho porque estábamos demasiado ocupados como para charlar con la clientela: apenas dábamos abasto para atender a la multitud que por momentos se agolpaba ante nosotros.


Como previmos, gran parte de nuestros clientes no quería panchos sino cerveza, y casi todos ellos la pedían en vaso de medio litro, que publicitábamos pero no teníamos. En su defecto, la mayoría terminaba comprando vasos de litro. Algunos querían que les sirviéramos medio litro de cerveza en un vaso de un litro, pero nos negábamos terminantemente alegando el costo del vaso (sólo hicimos una o dos excepciones para pibes que tenían las monedas contadas para medio litro y no compraban nada más).

De todos modos, la bebida no era lo que más ganancias nos dejaba: el verdadero negocio eran los panchos mismos. Habíamos conseguido buenos precios por el pan y las salchichas, aunque no fueran de primera, por lo que nuestro margen de ganancia era del 50% o más por cada pancho, y aún así podíamos darnos el lujo de venderlos muy baratos para que nos los compraran en gran cantidad (había personas que se comían 2 o 3 panchos… seguidos).

Desde luego que nosotros también consumíamos nuestros productos –sobre todo las salchichas que se pasaban de cocción y reventaban– y fue así como descubrimos el secreto de las salchichas de panchería que las hace más sabrosas que las hechas en casa: en una panchería el agua de las salchichas nunca se cambia sino que sólo se repone lo que se va evaporando; al cabo de un par de horas, el agua de la olla acumula el sabor de cientos de salchichas que pasaron por ella, y ese sabor impregna a las salchichas posteriores.

No faltaba gente despistada –viejas, sobre todo– que venía a nuestro puesto a pedir cosas extrañas como hamburguesas, lomitos, barrolucos o sándwiches sofisticados (de pavita, por ejemplo). A esta gente la corríamos diciéndole “no, señora; panchitos na’más”. Por otro lado, algunos mocosos malcriados no aceptaban Doble Cola en vez de Coca-Cola. Toda esa clientela constituía un segmento de mercado destinada a nuestros únicos competidores –hasta ese momento–: la parrilla al aire libre ubicada justo enfrente nuestro pero a unos cuantos metros, del otro lado de la feria. Ese puesto, además de asador propio, tenía mesas, sillas y mozas bien proporcionadas que poner a disposición de sus clientes, pero cobraban $50 la parrillada individual mientras que nuestros panchitos se vendían a $1 cada uno. Nos enorgulleció pensar que, desde nuestro puestucho, le disputábamos la mitad –o más– del negocio de la comida en esa feria a un emprendimiento gastronómico profesional.

De más está decir que ese día no paramos de tomar cerveza, desde la primera que abrimos al llegar a la feria esa tarde, hasta que la jornada terminó, pasada la medianoche. Habríamos seguido pero, cuando el último puestero se fue, vino un vigilante a corrernos y tuvimos que irnos, ebrios de satisfacción por el deber cumplido, a dormir la mona y soñar con la fortuna que haríamos los días restantes.

La Parte III de esta saga continúa relatando los inesperados, increíbles e impactantes acontecimientos del segundo y tercer día en la feria.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 1)

Escuela de negocios Harvard

Harvard, la tenés adentro.

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO inaugura una nueva sección: LA MEJOR ESCUELA DE NEGOCIOS DEL UNIVERSO, con una guía sobre cómo establecer y administrar una panchería o puesto de hot-dogs. Esta guía está basada en un caso de éxito: la panchería que yo abrí con un amigo en una feria. Lean y aprendan:

Preparación Previa

El Molino Fénix antes de que lo pintaranPlano del complejo Calle Angosta
Todo comienza con una oportunidad de negocio.
Un día de Noviembre, cuando yo estaba a punto de terminar la escuela secundaria, mi amigo Tadeo me visitó para hacerme una propuesta: asociarnos para poner juntos un puesto de panchos en una feria que se haría en nuestro pueblo. El lugar sería el predio de la Calle Angosta. La feria tendría por objeto promocionar las empresas y comercios del pueblo. También habría espectáculos musicales en vivo. Tadeo me contó que uno de los organizadores de esta feria –un empresario local de poca monta– era, además, el empleador de su madre, y gracias a ello no se nos cobraría por el puesto que íbamos a usar. Las relaciones importan, y el nepotismo más aún.

FinanciamientoSi es necesario capital de terceros, hay que elegir bien con qué terceros financiarse. Ya teníamos el puesto gratis, pero aún debíamos comprar la mercadería: pan, salchichas, gaseosas y –lo más importante– cerveza. Nuestro capital era de $0 y no estábamos dispuestos a pagar intereses mayores al 0%. Obviamente, en esta situación, los únicos inversores a los que podíamos acudir eran nuestros propios padres. Les expusimos nuestro caso de negocios lo más convincentemente que pudimos y ellos accedieron a prestarnos la plata sin exigirnos ningún interés. Sabían que asumían un riesgo muy alto pero que, de un modo u otro, igual iban a terminar haciéndonos pagar. Sin embargo, en principio, creo que esperaban que los sorprendiéramos si no nos tomábamos todos los cajones de cerveza en la misma puerta de la distribuidora.

Calle Angosta (Villa Mercedes, San Luis, Argentina)

Boliche Don MirandaPlata en mano, culo en tierra. Lo primero que hicimos fue irnos al predio e inspeccionar las instalaciones. Nuestro puesto estaba ubicado estratégicamente al lado de una de las entradas principales que daba a la Calle Angosta, cruzando la cual podíamos ver el mítico Boliche Don Miranda. Enfrente nuestro, unos Anfiteatro "Alfonso y Zabala"cuantos metros más lejos, estaba el auditorio o anfiteatro al aire libre “Alfonso y Zabala” donde se harían los shows, aunque no podíamos verlo porque en el camino teníamos un gran mangruyo que obstruía la visión. Estábamos tan bien ubicados que la gente no podría evitar pasar por nuestro puesto y comprarnos.

Puesto de panchosEl puesto en sí era una simple casilla de chapa, de metro y medio por metro y medio (o menos), con una gran abertura tipo escaparate al frente para atender a los clientes, y atrás otra más estrecha a modo de puerta para entrar y salir. Como las aberturas eran sólo eso, aberturas, necesitaríamos cerramientos para poder dejar cosas en la casilla sin que nos las robaran en nuestra ausencia. Dispuestos a no gastar dinero, fuimos al frigorífico del pueblo a mendigar pálets de madera que les sobraran. A regañadientes, nos dieron dos –destrozados y enchastrados de grasa– que acarreamos sobre nuestras sufridas espaldas hasta lo de Tadeo. Ahí desmontamos los pálets y usamos esa madera –y restos de madera de cajón Construcción hecha de páletssobrantes de asados– para construir una puerta y una ventana, por demás deformes, pero que taparían bastante bien las aberturas de la casilla.

Necesitábamos provisiones. Tadeo encargó el pan de viena en la panadería de su cuadra. En el supermercado de enfrente compramos las salchichas más baratas que encontramos, pero no escatimamos en cuanto a condimentos Pancho con mostaza(muy a mi pesar). Si bien únicamente ofreceríamos mayonesa y mostaza, Tadeo opinaba que los clientes se fijarían de qué marca era lo que les echábamos, y lo apreciarían si fuera de calidad. Por eso, aunque nos costaron el doble, compramos mayonesa Hellmann’s y mostaza Savora (Tadeo porfiaba que ésta sabía distinto a cualquier otra mostaza).

Cajones de cervezaPrevimos –acertadamente– que el público se acercaría a nosotros más por cerveza que por panchos, porque muchos visitarían la feria como excusa para emborracharse (hay que tener en cuenta la epidemia de alcoholismo que azotaba y aún azota a ese pueblo). Fuimos a una distribuidora y encargamos unos cuantos cajones de nuestro producto estrella y también Gaseosas de segunda marcavarios packs de gaseosas –para no menoscabar a la minoría sobria ni a los niños– aunque estas últimas sí eran decididamente berretas. Además, por una módica suma, la distribuidora se ofreció a alquilarnos una heladera.

Diversificamos nuestra oferta cervecera publicitando vasos de un litro, medio litro y 250 cc. Apostábamos a hacer la diferencia con el vaso de medio Vasos descartables para cervezalitro, porque el de litro podría ser demasiado grande para algunos de los que tomaran solos (no porque no se lo fueran a terminar, sino porque se les calentaría en la mano antes), a otros no les gustaría compartir su vaso, y el de 250 cc sería muy chico para casi cualquiera. Lamentablemente nuestro proveedor no nos vendió vasos de medio litro porque no tenía, pero igualmente los dejamos figurar en la lista de precios que colgamos a la vista del público. Esta artimaña luego demostró ser efectiva, si bien algún malintencionado hoy podría llamarla publicidad engañosa.

Heladera antigua

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO recomienda dejar la cerveza lo más abajo posible.

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO recomienda dejar la cerveza lo más abajo posible.

El día anterior a que empezara la feria fui a encontrarme con Tadeo en el predio. Cuando llegué al puesto, la heladera ya había sido depositada mágicamente ahí, al igual que los cajones de cerveza y gaseosas y nuestros maderos en forma de puerta y ventana. Me alegré porque temía que debiéramos trasladar todo a cuestas hasta el lugar (por entonces andábamos en bicicleta). Nuestros benefactores sobrenaturales –posiblemente, los padres de Tadeo– también nos habían traído una garrafa de gas y un anafe para cocinar, un bidón de agua, una olla, cuchillo y tenedor, y dos banquetas para sentarnos. Encontramos un alargue tendido convenientemente cerca, lo usamos para enchufar la heladera y pusimos toda la bebida a enfriar. Parecía ser que lo único que nos quedaba por hacer era relajarnos y gozar, así que montamos la puerta y la ventana, atándolas a la casilla con las lingas de nuestras bicicletas, y nos fuimos pa’las casas a contar los minutos hasta la gran inauguración: el día siguiente a las 18:00 hs.

La Parte II de esta saga continúa contando nuestro primer día en la feria.

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