CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 4)

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria. La Parte II detalla su puesta en marcha el primer día. La Parte III narra las peripecias que vivimos intentando sobrellevar el impacto de una feroz tormenta que arrasó la feria.

Día 4

Llegó el último día de la COINPY / COIMPY XXI. Los puestos destruidos por el huracán fueron desmantelados y reemplazados por un número aún mayor de puestos nuevos. Lógicamente, los comerciantes querrían aprovechar el influjo de gente atraída por los shows de cierre de la feria (se corría el rumor de que los famosos “Nocheros” estarían entre ellos). Tal es esto así que, durante nuestra recorrida previa a abrir nuestro puesto, Tadeo y yo descubrimos que una panchería rival se había instalado en la otra punta del predio, más cerca del escenario que nosotros. Eran los únicos competidores directos realmente serios que enfrentábamos en nuestro nicho del mercado (el restaurant-parrilla montado ex-profeso enfrente nuestro no contaba); sin embargo, no nos preocupamos demasiado porque confiábamos en nuestro probado modelo de negocios y, además, el volumen de clientes era mucho mayor que el que nosotros solos teníamosBoliche Don Miranda capacidad para atender. Concientes del panorama, volvimos a nuestra garita y abrimos. A través de nuestra puerta trasera podíamos ver, más allá del alambrado del predio y la Calle Angosta, que en el Boliche Don Miranda los organizadores del evento habían montado su propia festichola privada.

Enfrente nuestro, a apenas varios metros, se habían instalado unos jipis con sus manteles, vendiendo artesanías. Parece que Tadeo y yo ejercíamos una extraña atracción sobre esa clase de gente. Eso, o el hecho de que estuviéramos cerca de la entrada principal de la feria. No tardó mucho en acercársenos un jipi a preguntar los precios de los panchos y las cervezas. En cuanto se los dijimos nos respondió, sin ninguna vergüenza, que no tenía dinero pero que quería cerveza. Le dije que vuelva a donde estaba, venda algunas artesanías, y venga a comprar cuando tenga con qué pagar. El jipi no se movió sino que, dirigiéndose a Tadeo, le ofreció una tuca de nevado a cambio de un litro de cerveza. Me indigné ante semejante oferta y le planteé a Tadeo mi firme oposición a tal intercambio; no obstante, él accedió y no hubo nada que yo pudiera hacer para impedirlo, aunque me determiné a descontarle esa cerveza de su tajada de las ganancias.

Poco después empezó a llegar gente –mucha gente– y a arremolinarse frente a nuestro puesto con intenciones de compra, hasta formar un verdadero tumulto de hombres y mujeres semi-borrachos que se empujaban y se pegaban codazos entre sí mientras pedían panchos y cerveza a los gritos. Era el sueño de cualquier panchero y nosotros lo estábamos haciendo realidad. Obviamente, no dábamos abasto pero hacíamos lo mejor que podíamos, aunque ello implicaba despachar algunos panchos con la salchicha cruda o pasada de cocción –reventada–, el pan deshecho, el aderezo chorreado o bien pijoteado. Nada de esto le importaba a nuestros clientes, que en su ebrio frenesí nos arrebataban los panchos de las manos, se alejaban unos pasos para devorarlos, y volvían minutos después a amontonarse en la muchedumbre.

En medio de esta locura, Tadeo se levantó intempestivamente, llevándose consigo lo que el jipi le dio y dejándome solo frente a la multitud. Salió de la casilla y se instaló junto a la puerta, apenas fuera de la vista. Momentos después de atrás de la panchería empezó a brotar un humo de olor dulce y pungente que la envolvió por completo. Eso me sorprendió y también me alarmó porque estábamos cerca de la entrada de la feria y de los vigilantes que la custodiaban. Milagrosamente, Tadeo no fue expulsado ni arrestado, sino que volvió a entrar a la panchería al poco rato, esta vez con los ojos hinchados y una sonrisa estúpida dibujada en su rostro, y se puso a atender clientes diciéndoles cosas como “Ah, ¿querés panchitos? Tenés hambre, ¿no? ¿Te empezó a picar la pancita?”. Para ser justo admitiré que ambos estábamos alcoholizados y solíamos comentarles tonterías a nuestros clientes, quienes no les daban importancia porque ellos se encontraban en idéntico o peor estado.

Con la noche llegó el punto álgido de la feria: los recitales. Como era de esperarse, el número estelar no resultó ser “Los Nocheros” sino Los Brocheros (ensemble folklórico oriundo de la localidad de Cura Brochero, provincia de Córdoba). No pudimos ver los shows porque teníamos un mangruyo enfrente, aunque poco nos interesaban: preferíamos cumbia, cuarteto y heavy metal, que escuchábamos por un Walkman con parlante interno. El espectáculo fue muy breve y, cuando terminó, todo el mundo se fue desconcentrando lentamente. Al final, apenas pasada la medianoche, en la panchería quedamos Tadeo y yo sirviendo a los dos personajes más pintorescos que conocimos en toda la aventura.


Uno de ellos era un flaco de pelo largo, barbita, vaquero y campera de jeans, que decía tener una banda y por eso lo apodamos el rockero. El otro era un petiso morocho que vestía un largo poncho rojo y botas de cuero con espuelas; decía pertenecer a una etnia originaria y por eso lo apodamos el paisano. Quiso el destino que estos personajes terminaran comiendo panchos en nuestro puesto, por lo que siempre recordaremos esa reunión como la de “un rockero, un paisano y dos borrachos”. Los cuatro pasamos largas horas conversando mientras compartíamos –o, mejor dicho, regalábamos– vaso tras vaso de cerveza en ronda. El rockero contaba que se había venido desde Buenos Aires hasta San Luis en su motoneta, sin equipaje, y que le quedaba solamente un peso en el bolsillo (tal vez una artimaña suya para chupar de arriba). El paisano contaba que era señor de vastos territorios allá por Chaco o Formosa y que estaba en una misión para salvaguardar el derecho de su tribu a la propiedad de las tierras que habitaban, aunque no nos dejó en claro cómo esa misión lo había traído a San Luis.

Mientras charlábamos, el organizador del evento se cruzó desde el Boliche Don Miranda a visitar la panchería y chupar cerveza –de arriba– con nosotros. Al enterarse de la misión del paisano le recomendó “buscar espacios de poder” desde donde promover su causa y el paisano, sintiéndose condescendido, por poco no lo echa amenazándolo con un puntazo (después nos mostró el facón que traía). Fingiendo no darle importancia, el organizador se fue. No recuerdo cuándo se fueron el rockero y el paisano; sí que el amanecer nos encontró a Tadeo y a mí solos en la panchería matando la última cerveza. Juntamos las cosas y nos fuimos, tambaleando a pie por la Calle Angosta y en bici por la avenida Origone (por poco salvé a Tadeo de morir aplastado por un auto).

Epílogo

Tras devolverles a nuestros padres los $200 que nos habían prestado a cada uno, nos quedaron limpios otros $200 por cabeza: esto significa que los beneficios netos que obtuvimos de la panchería fueron del 100% sobre el capital invertido. Tadeo mencionó que, según su madre, nosotros nos hicimos los boludos y no pagamos el alquiler del puesto. De haberlo hecho, no habríamos obtenido ganancia alguna, aunque tampoco habríamos abierto la panchería en primer lugar si no se nos hubiese dicho que el puesto sería gratis. Por otro lado, cabe destacar que el tornado nos hizo perder 2 de los 4 días que duró la feria: si los hubiéramos podido aprovechar a todos, habríamos duplicado nuestros ingresos.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 3)

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO les desea una Feliz Navidad a todos sus lectores y se ofrece a alegrársela invitándoles a leer EL PAíS DE LAS MARAViLLAS: UN CUENTO sobre EL LADO OSCURO de la NAViDAD.

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria, y la Parte II detalla su puesta en marcha el primer día.

Día 2

01-tornado-el-mejor-blog-del-universoDurante el que sería el segundo día de la feria, un huracán azotó nuestro pueblo, con casi tanta intensidad como el tornado de tres años antes, cuando la recién inaugurada Costanera del Río Quinto fue destruida totalmente por la crecida de este último. Obviamente, mientras la mitad de los ranchos del pueblo se volaban, la feria no abrió y nosotros nos quedamos en casa, temiendo más por nuestras propias vidas que por lo que le sucediera al puestucho de panchos.

Día 3

02-inundacion-en-villa-mercedes-el-mejor-blog-del-universoLa tempestad amainó para la madrugada, por lo que a la tarde Tadeo y yo nos fuimos para la feria –esta vez un rato antes de la hora de apertura– y ahí evaluamos los daños. El lugar era un caos: muchos puestos se habían derrumbado y a los que seguían en pie se les habían volado gran parte de los techos, lonas, carteles y toldos, todo lo cual se hallaba desparramado y esparcido a lo largo y ancho del predio. 03-ruinas-huracan-el-mejor-blog-del-universoMilagrosamente, nuestro garito seguía entero y en su sitio, con sus inmensas y pesadas puerta y ventana de madera aún sujetas firmemente con las lingas de bicicleta. Adentro estaba todo desordenado, tal como lo habíamos dejado. Abrimos una cerveza y nos instalamos.

Si bien el día estaba soleado, la tormenta había dejado un viento helado que soplaba con bastante fuerza, y no tardamos mucho en empezar a cagarnos de frío tras la enorme abertura de nuestra tienda. No podíamos volver a poner la cubierta de madera para guarecernos porque significaría cerrar el negocio, y de todos modos sus listones de madera estaban tan separados que el viento entraría como si nada. Una vez más, salvamos la situación valiéndonos de nuestro inagotable ingenio para idear un plan de contingencia. Recolectamos varios de los carteles que había tirados por ahí y un gran04-rancho-de-varios-pisos-el-mejor-blog-del-universo nylon que debió haber sido el sobretecho de alguna carpa. Nos guardamos el nylon para después y usamos los carteles, uniéndolos entre sí con clavos, para construir un parapeto que montamos sobre el marco inferior del escaparate del puesto. Eso nos cubriría del viento, que correría sobre nuestras cabezas mientras permaneciésemos sentados, sin impedirnos atender a los clientes que acaso vinieran.

05-bidon-de-nafta-el-mejor-blog-del-universoA lo lejos vimos venir a un grupo de pendejitos, seguramente brotados de alguna de las villas aledañas, que parecía merodear por el predio desierto buscando cosas fáciles de robar entre las ruinas de la feria. Cuando vieron que estábamos en la garita, se acercaron a pedir: “¿Nos dan plata?” “No.” “¿Panchitos?” “No los regalamos; los vendemos.” “¿Cerveza?” “Tampoco.” “¿Tenés aunque sea un vaso de agua?” Ante tanta insistencia, de muy mala gana, Tadeo sirvió en un vasito chico un poco de agua, del bidón de la que usábamos para hervir salchichas, y se lo dio al pequeño negociador. Éste tomó un sorbo pero lo escupió de inmediato, gritando “¡Hijo de puta! ¿Qué mierda me diste? ¡Me querés envenenar!” tras lo cual nos revoleó el vaso de agua, que reventó contra la casilla, y se alejó llevándose a sus secuaces consigo. Tadeo y yo quedamos asombrados por la reacción del pibito y se nos ocurrió abrir el bidón de agua: su interior olía a nafta. Ese bidón resultó ser el que la madre de Tadeo solía llevar en el baúl de su auto con combustible de reserva para cuando se le olvidaba pasar por una estación de servicio, y Tadeo lo había usado para cargar agua sin enjuagarlo antes. Finalmente habíamos descubierto el 06-pendejos-tirando-piedras-el-mejor-blog-del-universoverdadero secreto que hacía que nuestros panchos fueran deliciosos. Antes de que pudiéramos decidir si putear o reírnos, sentimos que nuestra casilla estaba recibiendo golpes: los pendejos se habían puesto a apedrearnos desde lejos. Si creyeron que estaban a una distancia segura se equivocaron, porque Tadeo y yo salimos de la casilla y les tiramos piedras a ellos hasta que rajaron.

07-karaoke-chicas-el-mejor-blog-del-universoAparentemente, una de las atracciones de esta feria iba a ser un concurso de karaoke. No lo sabíamos pero nos enteramos a poco de abrir la feria, cuando empezamos a escuchar que, desde el escenario, atrás del mangruyo, emergían por un altoparlante las voces más farragosas, resquebrajadas, prepubescentes, desafinadas y decididamente horripilantes que hubieran podido atreverse a interpretar los hits juveniles del momento (¿se acuerdan de los Mambrú y las Bandana?). Rebautizamos al08-karaoke-chupando-microfono-el-mejor-blog-del-universo certamen como no de karaoke sino de KARA-DUR-OKE por la cara dura que tenían esos niños al cantar tan mal sabiendo que castigaban los oídos de todo infeliz en un radio de 6 cuadras. Nuestra panchería estaba a menos de 50 metros y la cantinela duró al menos otras 4 horas.

09-vanesaalba4-el-mejor-blog-del-universoDurante un buen rato no se vio ni un alma por el predio (los villeritos y los borregos del karaoke no cuentan porque eran unos desalmados, al igual que nosotros). De a poco empezó a entrar y a pulular algo de gente: la mayoría eran feriantes que, como nosotros, venían a ver qué había quedado de sus puestos. La primera persona en acercarse a nuestro puesto fue una minita de jeans ajustados que resaltaban su hermoso culo de manzana (y eso que, en esa época, todavía no estaban de moda los “segunda piel” que hasta dejan ver si a la mina ya le estrenaron el agujero del orto). Esta chica no era una clienta sino una conocida de Tadeo –éste, de algún modo, parecía conocer a todas las minas del pueblo–, se llamaba Vanesa y, al ver 10-trasero-de-manzana-el-mejor-blog-del-universoque estábamos tomando cerveza, pidió entrar a la casilla para chupar de arriba, a lo cual la invitamos gentilmente (fue una pena que no se ofreciera a chupar otras cosas). Días después de la feria, Tadeo me contó que la había invitado a su casa y se la había cogido. Un par de años más tarde volví a cruzarme con Vanesa en la calle, me dio su MSN y la invité al bar El Viejo Molino a ver juntos el partido de su equipo favorito (y eso que aborrezco el fútbol; a veces uno hace cualquier cosa por amor). Al finalizar la cita, ambos con varios tragos encima, creo que me anticipé un poco al momento de agarrarle el culo y la velada terminó sin sexo, ni beso de despedida, ni que volviéramos a hablar jamás.

11-vanesa-el-mejor-blog-del-universoVanesa se quedó un rato charlando con nosotros hasta que tomó suficiente cerveza y se fue. Minutos después se nos acercó otra chica, también bastante atractiva, un poco más alta que la anterior aunque sin tanto culo ni tetas prominentes que la hicieran especialmente deseable. Parecía simpática; nos contó que trabajaba en otro puesto, el cual se había volado en buena parte, y mostró interés en nuestro negocio (aunque no nos compró nada). Casualmente, también se llamaba Vanesa. Conversó con nosotros hasta que, cuando notó que sus encantos de promotora hacían mella en nuestras masculinidades, nos tiró la bomba que traía preparada: uno de los carteles que estábamos usando como parapeto –para colmo el más grande– pertenecía a su puesto y quería que se lo devolviéramos. Tuvimos que dárselo –aunque con agujeros de clavos– y apenas ella lo tuvo en sus manos dio la vuelta y se fue, dejándonos a merced del viento con la mitad del parapeto original, 12-LV-15-radio-villa-mercedes-el-mejor-blog-del-universoreducido a dos cartelitos, uno de los cuales yo me llevé de recuerdo después y lo guardé en un desván durante muchos años.

Como era de esperarse, ese día muy poca gente fue a la feria y, en consecuencia, no vendimos mucho. La hora de cierre nos sorprendió a mitad de una cerveza y decidimos quedarnos a terminarla. Seguía soplando viento frío, por lo que, antes de montar los cerramientos de madera, los recubrimos con láminas del nylon que habíamos conseguido antes. Así, una vez cerrada, la casilla quedó prácticamente aislada del frío exterior, y usando el anafe como estufa logramos hallarnos por primera vez a gusto tras un día realmente duro. Tan bien estábamos que al terminar esa cerveza abrimos otra. De repente alguien tocó a la puerta: era un vigilante que venía con la intención de echarnos; sin embargo, se ve que lo conocía a Tadeo, porque lo saludó como a un amigo de toda la vida, y entró a instalarse con nosotros. Este vigilante, paradójicamente, era nada menos que The Bear, un reconocido personaje de los 14-caja-caliente-hotbox-el-mejor-blog-del-universobajos fondos del pueblo, referente indiscutido en todo lo que fueran vicios, y amigo personal de Tadeo. Así en confianza, The Bear peló un baguyo de marihuana, se armó una macoña y empezó a fumársela. El humo, al estar confinado en nuestro ambiente cerrado, pronto lo colmó y comenzó a recircular por los pulmones –y cerebros– de todos los presentes, ya fuesen fumadores o no.

15-vieja-histerica-el-mejor-blog-del-universoNuestro viaje inesperado fue interrumpido por más golpes en la puerta de la casilla; esta vez más intensos, furiosos, insistentes y frenéticos. Tadeo entreabrió la puerta, para que desde afuera nadie sintiera el olor a porro, y desde afuera una mujer entrometió tanto como pudo su cabeza: era la madre de Tadeo, en pleno ataque de histeria, con una mirada asesina en su cara roja de ira, gritándonos “¡Pero pendejos de mierda! ¿Qué carajo están haciendo acá, a esta hora, y encima con el vigilante? ¡Por su culpa unos borrachos se colaron en la feria a hacer destrozos! ¡Mañana van a ver lo que es bueno! ¡Ahora muevan el culo y rajen de acá para sus casas! ¡¡¡PERO YA!!!” Gritó unos minutos más y luego se volvió hacia su auto, aún puteando y gesticulando. Antes de subirse, le apuntó con el dedo a su hijo y le dijo “Vos ni sueñes con que te lleve: ¡te vas a volver igual que te viniste!”, luego arrancó y se fue, haciendo chillar las gomas. Shockeados por la escena, resolvimos que lo mejor que se podía hacer con un día tan malo era ponerle fin, y nos fuimos cada uno a su respectivo hogar, ansiando reivindicarnos al día siguiente (el cuarto y último de la feria).

La Parte IV de esta saga narra la emocionante conclusión de la odisea panchera.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 2)

La Parte I de esta saga explica los preparativos previos que se requieren para instalar una panchería en una feria.

Día 1

Me presenté a la hora exacta de apertura de la feria y ni un minuto antes. Tadeo me informó que habría sido bueno si yo hubiese llegado más temprano para ayudarlo a preparar todo. Me encogí de hombros: todavía no había nadie en el predio más que los propios puesteros, los organizadores y los vigilantes. Para mayor eficiencia, decidimos que la división del trabajo sería ésta: Tadeo herviría las salchichas y yo cortaría el pan y armaría los panchos, pero ambos nos turnaríamos para aderezarlos, servir bebidas y cobrar. Hasta que llegara la gente, nos entretuvimos tomando cerveza, y yo decoré la pared trasera de la casilla grabando sobre la pintura el logo de mi banda favorita de heavy metal (yo era re-heavy, re-jodido en esas épocas).


Apenas comenzó a oscurecer empezaron a llegar visitantes a la feria: era hora de poner en marcha nuestra maquinaria productiva. Entonces empezaron los problemas: no podíamos conectar la manguera del anafe a la garrafa, y tampoco teníamos iluminación dentro del puesto. Renegamos un buen rato hasta darnos cuenta de que no teníamos con qué cocinar. Solucionamos la situación de la única manera que cabría esperar de dos adolescentes con pocas luces: abrimos otra cerveza y nos sentamos a tomarla mirando con caras largas a la gente que pululaba enfrente nuestro, sin hablar más que para echar a los pocos clientes que se nos acercaban.

Estábamos por ponernos a evaluar las consecuencias de nuestro prematuro fracaso empresarial, cuando llegó un ángel a salvarnos: uno de nuestros padres. Andaba de paso, para ver la feria y cómo nos iba, y se sorprendió al encontrarnos a oscuras sin hacer nada. Cuando supo por qué, se ofreció a ayudarnos: se fue y al rato volvió trayéndonos una reguladora de gas para la garrafa, que era la pieza que nos faltaba (prestada por una de sus novias que vivía en el Barrio Estación), una lámpara portátil, un trapo y un repasador para limpiar nuestra superficie de trabajo –cosa que no habíamos previsto hacer– y un paquete de servilletas para no darles a los clientes panchos manoseados por nuestros dedos mugrosos.


Por fin en condiciones, nos pusimos a cocinar y vender panchos. A medida que avanzaba la velada, la afluencia de clientes fue haciéndose cada vez más caudalosa y por momentos casi frenética. Nuestra clientela era muy variada pero predominaban los varones adultos, algunos con sus familias, y casi todos con apariencia de haber venido con cierto dosaje de alcohol previo. La mayoría se quejaba de que se cobrara admisión para una feria de corte comercial como esta, pero eso no podía importarnos mucho porque estábamos demasiado ocupados como para charlar con la clientela: apenas dábamos abasto para atender a la multitud que por momentos se agolpaba ante nosotros.


Como previmos, gran parte de nuestros clientes no quería panchos sino cerveza, y casi todos ellos la pedían en vaso de medio litro, que publicitábamos pero no teníamos. En su defecto, la mayoría terminaba comprando vasos de litro. Algunos querían que les sirviéramos medio litro de cerveza en un vaso de un litro, pero nos negábamos terminantemente alegando el costo del vaso (sólo hicimos una o dos excepciones para pibes que tenían las monedas contadas para medio litro y no compraban nada más).

De todos modos, la bebida no era lo que más ganancias nos dejaba: el verdadero negocio eran los panchos mismos. Habíamos conseguido buenos precios por el pan y las salchichas, aunque no fueran de primera, por lo que nuestro margen de ganancia era del 50% o más por cada pancho, y aún así podíamos darnos el lujo de venderlos muy baratos para que nos los compraran en gran cantidad (había personas que se comían 2 o 3 panchos… seguidos).

Desde luego que nosotros también consumíamos nuestros productos –sobre todo las salchichas que se pasaban de cocción y reventaban– y fue así como descubrimos el secreto de las salchichas de panchería que las hace más sabrosas que las hechas en casa: en una panchería el agua de las salchichas nunca se cambia sino que sólo se repone lo que se va evaporando; al cabo de un par de horas, el agua de la olla acumula el sabor de cientos de salchichas que pasaron por ella, y ese sabor impregna a las salchichas posteriores.

No faltaba gente despistada –viejas, sobre todo– que venía a nuestro puesto a pedir cosas extrañas como hamburguesas, lomitos, barrolucos o sándwiches sofisticados (de pavita, por ejemplo). A esta gente la corríamos diciéndole “no, señora; panchitos na’más”. Por otro lado, algunos mocosos malcriados no aceptaban Doble Cola en vez de Coca-Cola. Toda esa clientela constituía un segmento de mercado destinada a nuestros únicos competidores –hasta ese momento–: la parrilla al aire libre ubicada justo enfrente nuestro pero a unos cuantos metros, del otro lado de la feria. Ese puesto, además de asador propio, tenía mesas, sillas y mozas bien proporcionadas que poner a disposición de sus clientes, pero cobraban $50 la parrillada individual mientras que nuestros panchitos se vendían a $1 cada uno. Nos enorgulleció pensar que, desde nuestro puestucho, le disputábamos la mitad –o más– del negocio de la comida en esa feria a un emprendimiento gastronómico profesional.

De más está decir que ese día no paramos de tomar cerveza, desde la primera que abrimos al llegar a la feria esa tarde, hasta que la jornada terminó, pasada la medianoche. Habríamos seguido pero, cuando el último puestero se fue, vino un vigilante a corrernos y tuvimos que irnos, ebrios de satisfacción por el deber cumplido, a dormir la mona y soñar con la fortuna que haríamos los días restantes.

La Parte III de esta saga continúa relatando los inesperados, increíbles e impactantes acontecimientos del segundo y tercer día en la feria.

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CóMO ABRiR UNA PANCHERíA (parte 1)

Escuela de negocios Harvard

Harvard, la tenés adentro.

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO inaugura una nueva sección: LA MEJOR ESCUELA DE NEGOCIOS DEL UNIVERSO, con una guía sobre cómo establecer y administrar una panchería o puesto de hot-dogs. Esta guía está basada en un caso de éxito: la panchería que yo abrí con un amigo en una feria. Lean y aprendan:

Preparación Previa

El Molino Fénix antes de que lo pintaranPlano del complejo Calle Angosta
Todo comienza con una oportunidad de negocio.
Un día de Noviembre, cuando yo estaba a punto de terminar la escuela secundaria, mi amigo Tadeo me visitó para hacerme una propuesta: asociarnos para poner juntos un puesto de panchos en una feria que se haría en nuestro pueblo. El lugar sería el predio de la Calle Angosta. La feria tendría por objeto promocionar las empresas y comercios del pueblo. También habría espectáculos musicales en vivo. Tadeo me contó que uno de los organizadores de esta feria –un empresario local de poca monta– era, además, el empleador de su madre, y gracias a ello no se nos cobraría por el puesto que íbamos a usar. Las relaciones importan, y el nepotismo más aún.

FinanciamientoSi es necesario capital de terceros, hay que elegir bien con qué terceros financiarse. Ya teníamos el puesto gratis, pero aún debíamos comprar la mercadería: pan, salchichas, gaseosas y –lo más importante– cerveza. Nuestro capital era de $0 y no estábamos dispuestos a pagar intereses mayores al 0%. Obviamente, en esta situación, los únicos inversores a los que podíamos acudir eran nuestros propios padres. Les expusimos nuestro caso de negocios lo más convincentemente que pudimos y ellos accedieron a prestarnos la plata sin exigirnos ningún interés. Sabían que asumían un riesgo muy alto pero que, de un modo u otro, igual iban a terminar haciéndonos pagar. Sin embargo, en principio, creo que esperaban que los sorprendiéramos si no nos tomábamos todos los cajones de cerveza en la misma puerta de la distribuidora.

Calle Angosta (Villa Mercedes, San Luis, Argentina)

Boliche Don MirandaPlata en mano, culo en tierra. Lo primero que hicimos fue irnos al predio e inspeccionar las instalaciones. Nuestro puesto estaba ubicado estratégicamente al lado de una de las entradas principales que daba a la Calle Angosta, cruzando la cual podíamos ver el mítico Boliche Don Miranda. Enfrente nuestro, unos Anfiteatro "Alfonso y Zabala"cuantos metros más lejos, estaba el auditorio o anfiteatro al aire libre “Alfonso y Zabala” donde se harían los shows, aunque no podíamos verlo porque en el camino teníamos un gran mangruyo que obstruía la visión. Estábamos tan bien ubicados que la gente no podría evitar pasar por nuestro puesto y comprarnos.

Puesto de panchosEl puesto en sí era una simple casilla de chapa, de metro y medio por metro y medio (o menos), con una gran abertura tipo escaparate al frente para atender a los clientes, y atrás otra más estrecha a modo de puerta para entrar y salir. Como las aberturas eran sólo eso, aberturas, necesitaríamos cerramientos para poder dejar cosas en la casilla sin que nos las robaran en nuestra ausencia. Dispuestos a no gastar dinero, fuimos al frigorífico del pueblo a mendigar pálets de madera que les sobraran. A regañadientes, nos dieron dos –destrozados y enchastrados de grasa– que acarreamos sobre nuestras sufridas espaldas hasta lo de Tadeo. Ahí desmontamos los pálets y usamos esa madera –y restos de madera de cajón Construcción hecha de páletssobrantes de asados– para construir una puerta y una ventana, por demás deformes, pero que taparían bastante bien las aberturas de la casilla.

Necesitábamos provisiones. Tadeo encargó el pan de viena en la panadería de su cuadra. En el supermercado de enfrente compramos las salchichas más baratas que encontramos, pero no escatimamos en cuanto a condimentos Pancho con mostaza(muy a mi pesar). Si bien únicamente ofreceríamos mayonesa y mostaza, Tadeo opinaba que los clientes se fijarían de qué marca era lo que les echábamos, y lo apreciarían si fuera de calidad. Por eso, aunque nos costaron el doble, compramos mayonesa Hellmann’s y mostaza Savora (Tadeo porfiaba que ésta sabía distinto a cualquier otra mostaza).

Cajones de cervezaPrevimos –acertadamente– que el público se acercaría a nosotros más por cerveza que por panchos, porque muchos visitarían la feria como excusa para emborracharse (hay que tener en cuenta la epidemia de alcoholismo que azotaba y aún azota a ese pueblo). Fuimos a una distribuidora y encargamos unos cuantos cajones de nuestro producto estrella y también Gaseosas de segunda marcavarios packs de gaseosas –para no menoscabar a la minoría sobria ni a los niños– aunque estas últimas sí eran decididamente berretas. Además, por una módica suma, la distribuidora se ofreció a alquilarnos una heladera.

Diversificamos nuestra oferta cervecera publicitando vasos de un litro, medio litro y 250 cc. Apostábamos a hacer la diferencia con el vaso de medio Vasos descartables para cervezalitro, porque el de litro podría ser demasiado grande para algunos de los que tomaran solos (no porque no se lo fueran a terminar, sino porque se les calentaría en la mano antes), a otros no les gustaría compartir su vaso, y el de 250 cc sería muy chico para casi cualquiera. Lamentablemente nuestro proveedor no nos vendió vasos de medio litro porque no tenía, pero igualmente los dejamos figurar en la lista de precios que colgamos a la vista del público. Esta artimaña luego demostró ser efectiva, si bien algún malintencionado hoy podría llamarla publicidad engañosa.

Heladera antigua

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO recomienda dejar la cerveza lo más abajo posible.

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El día anterior a que empezara la feria fui a encontrarme con Tadeo en el predio. Cuando llegué al puesto, la heladera ya había sido depositada mágicamente ahí, al igual que los cajones de cerveza y gaseosas y nuestros maderos en forma de puerta y ventana. Me alegré porque temía que debiéramos trasladar todo a cuestas hasta el lugar (por entonces andábamos en bicicleta). Nuestros benefactores sobrenaturales –posiblemente, los padres de Tadeo– también nos habían traído una garrafa de gas y un anafe para cocinar, un bidón de agua, una olla, cuchillo y tenedor, y dos banquetas para sentarnos. Encontramos un alargue tendido convenientemente cerca, lo usamos para enchufar la heladera y pusimos toda la bebida a enfriar. Parecía ser que lo único que nos quedaba por hacer era relajarnos y gozar, así que montamos la puerta y la ventana, atándolas a la casilla con las lingas de nuestras bicicletas, y nos fuimos pa’las casas a contar los minutos hasta la gran inauguración: el día siguiente a las 18:00 hs.

La Parte II de esta saga continúa contando nuestro primer día en la feria.

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CAMPiNG del DíA DE LA PRiMAVERA (PÁNiCO y LOCURA en LA FLORiDA) parte 2: LA ESTADíA

La parte 1 de esta historia cuenta la aventura que fue el viaje a dedo que emprendí con mi mejor amigo y dos amigos de él desde nuestro pueblo hasta el Dique La Florida para acampar ahí el Día de la Primavera. Si todavía no la leíste, pulsá acá y leéla.

Despertamos como nuevos al día siguiente, ya en el camping, y nos dispusimos a reconocer los alrededores. Todos nos habían hecho creer que el Camping La Florida era el lugar soñado donde pasar unos días de tranquilidad y distensión. Gran desilusión…


El camping soñado parecía, más bien, un campo de refugiados. Hasta el último centímetro estaba atestado de carpas, cosas desparramadas y gente moviéndose en masa de un lado a otro. Apenas se podía caminar. Lo peor era el ruido: infinidad de equipos de música sonando a todo volumen con horribles cumbias y cuartetos que se superponían hasta hacerse indistinguibles de tan cerca que estaban. Ávidos de paz, nos fuimos a la costa del lago y nos quedamos ahí un rato tomando sol, tirando piedras y viendo pasar el tiempo.

 

 

Cuando volvimos a la carpa, a eso del mediodía, nos esperaba un petiso gordito de campera –la temperatura rondaría los 40ºC– con una linterna y cara de pocos amigos, que nos dijo:

–“Este lugar está reservado. Ustedes entraron sin pagar. Por día, la parcela cuesta $20 por persona y $100 por la carpa. Van a tener que acompañarme a la administración. Si no pagan, tendrán que irse.

En cuanto terminó de decir eso el gordito encaró para la entrada, creyendo que lo seguiríamos. Hacía apenas unas horas que estábamos ahí y ya debíamos $180. Contamos nuestro dinero: yo tenía $10 para gastar –aunque también tenía $10 escondidos por si algo salía terriblemente mal y debía volver solo a casa–, Tadeo había declarado tener $5, y Lotario y Wilmerd sólo refunfuñaron entre dientes y miraron para otro lado cuando se les preguntó, dando a entender que no gastarían un centavo en nada.

En vista de nuestra delicada situación financiera, nos apuramos a juntar todo sin llamar la atención y nos escabullimos hacia la otra punta del camping, cerca de la costa, donde había menos gente y esperábamos no ser vistos. De todos modos no podíamos pagar, así que nos quedaríamos hasta irnos o ser expulsados. Unos de nuestros nuevos vecinos nos advirtieron tener cuidado con nuestras cosas porque había ladrones en el camping y a alguien ya le habían robado su ropa.

 

 

 


El día había sido bastante estresante hasta ese momento, pero Lotario tenía con qué tratarse: de su gigantesca mochila sacó un baguyo de marihuana, se armó un porro y se lo fumó a medias con Wilmerd. En ese momento entendí para qué había sido la escala inexplicable de cuatro horas en ese barrio de monoblocks de nuestro pueblo. Lotario y Wilmerd distaban de ser los únicos que hacían eso en el camping: de tanto en tanto, entre la multitud se veían y olían volutas de humo pungente exhaladas por otros grupitos de faloperos.

Tadeo y yo, menos afectos a las prácticas ilegales, nos ocupamos de las provisiones, ya que ninguno de los cuatro había comido ni bebido nada en todo el día. Dada la escasez de fondos, le dimos prioridad a lo imprescindible: el chupi. La proveeduría del camping, como toda aquella que se precie, no vendía sino que robaba. La bebida –alcohólica, desde luego– más barata era el vino blanco en tetra-brik, por lo que compramos varios. Como nos quedaban algunas monedas tras prever la ingesta alcohólica del día siguiente, decidimos darnos el lujo de comer también, y compramos lo más barato que había: un poco de pan y algunas latitas de paté.

Nuestro primer día transcurrió con muchas menos emociones de las que esperábamos: creo que la más grande fue que Lotario, contra todo pronóstico, lograra vender varios de sus colgantes emplumados (esas pobres chicas habrían estado muy borrachas). Corría la voz de que el bailongo de esa noche iba a estar realmente bueno, así que fuimos, pero fue otra desilusión: en la zona del baile había un 95% de varones, todos con caras desencajadas por el alcohol y miradas torvas; obviamente, no bailaban, sino que más bien parecían estar esperando la oportunidad de robarle a alguien o de provocar una pelea. El ambiente era bastante pesado y hostil. Cuando mis compañeros se dispersaron me volví a la carpa para evitar sufrir un destino horrendo.

Afortunadamente todos llegamos sanos y salvos a nuestro segundo día de camping, pero ya no tan como nuevos. La resaca y la desnutrición comenzaban a hacernos mella, y para colmo hacía un calor horroroso. Daba la casualidad de que ya era el Día de la Primavera. Demacrados como estábamos, igual salimos a pasear. Lotario seguía humillándonos a todos tratando de vender sus artesanías al peor estilo mendicante –sin éxito– y fumando su droga con Wilmerd. En un momento no tuvimos mejor idea que sentarnos a pleno rayo de sol en medio de un descampado lleno de gente. Wilmerd se separó de nosotros y volvió con una botella de Sprite en la mano. Cuando se sentó a tomarla –frente a nuestras narices– vi que la bebida estaba en parte congelada. Era lo que todos necesitábamos. Naturalmente le pedí un trago, pero su respuesta fue una mirada asesina que me hizo sentir como si estuviera a punto de rebanarme el pescuezo. En resumen, Wilmerd se tomó toda la Sprite solito sin convidarle a nadie. Con amigos como esos…

Los cálculos del día anterior habían previsto la bebida, pero no la comida. Es decir que el segundo día lo pasamos tomando vino blanco pero sin comer absolutamente nada. Cuando llegó la noche, ya en pedo, nos percatamos de que ninguno de nosotros había cogido aún y ya estaba por cumplirse la mitad de nuestra estadía, por lo que debíamos conseguir mujeres pronto o nos veríamos obligados a darnos unos a otros. Algo que no puede faltar en toda velada romántica bajo las estrellas es la proverbial fogata, así que hicimos una. Acto seguido, Lotario y Wilmerd pusieron en marcha su plan infalible de seducción: pelaron la guitarra y empezaron a hacer el ridículo… Quiero decir, a entonar serenatas de amor para embelesar a cualquier damisela que osara acercarse (si no le repelía la carraspera de las voces de esos dos borrachos).

Increíblemente, al cabo de un rato largo, una minita vino y se sentó con nosotros junto al fuego; creo que estaba perdida y poco abrigada para una noche fría como esa. Nosotros estábamos más que deseosos de darle calor. Los dos músicos le dedicaron canciones y le convidaron porro, que ella fumó, aunque no quiso tomar vino (sabiamente, pues se sabía que en esos eventos algunos degenerados les daban a las chicas bebida con alguna píldora del amor para violarlas grupalmente). Pronto la piba se aburrió y se fue. Lo último que recuerdo de esa noche fue estar parado junto al lago con Tadeo hablando sobre lo bien que lo estábamos pasando…

Mi siguiente recuerdo es de una oscuridad absoluta interrumpida súbitamente por una luz que entra por una puerta que se abre. Yo me preguntaba, “¿habré muerto? ¿Estaré viendo la luz al final del túnel?” Luego apareció frente a mí una silueta que reconocí como el gordito del camping, quien me dijo:

–“Te pescaron del lago esta madrugada; estabas flotando boca abajo, inconsciente y totalmente desnudo. Tuvimos que traerte a la salita de atención médica de El Trapiche. Los médicos te diagnosticaron un coma alcohólico.

Me costaba salir de mi asombro. En efecto, estaba completamente en bolas, cagado de frío, tendido en una camilla muy estrecha y cubierto sólo con una cobija finita y raída. Pasé muchas horas ahí, helado e inmóvil. Cerca del mediodía apareció un médico –el segundo ser vivo que vi en ese lugar– que me dio la única noticia que yo ansiaba oir: mi revisión anal había dado negativo, es decir que al menos no me habían violado. El médico me pidió mis datos y los de mis tutores legales; al ser menor de edad, sólo me dejarían ir cuando mis padres me retiraran. Mi excursión del Día de la Primavera había terminado.


Una enfermera me dio el almuerzo y, varias horas más tarde, aparecieron mis compañeros. Según ellos, recién cuando despertaron ese mediodía se acordaron que yo había ido con ellos pero ya no estaba. Me contaron que la noche anterior se desentendieron de mí porque habían conseguido llevarse una o dos chicas a la carpa y, como mínimo, chupada de tetas hubo. Me dieron mi bolso –me alegré de haber llevado demasiada ropa– y querían que me fuera con ellos, pero me negué: ya me habían cuidado demasiado bien, y mis padres estaban en camino.

Nunca sabré qué me pasó esa noche. Quizá la borrachera me impulsó a querer nadar desnudo en el lago. O quizá haya sido víctima de los infames ladrones de ropa de ese camping. Por las dudas, desde entonces nunca más quise salir a acampar los Días de la Primavera, ni volví a tener trato con Lotario y Wilmerd.

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CAMPiNG del DíA DE LA PRIMAVERA (PÁNiCO y LOCURA en LA FLORIDA) parte 1: EL ViAJE

Corría un mes de Septiembre y dos adolescentes se preparaban ansiosos para una de las ocasiones más esperadas de los años de secundaria: el Día de la Primavera. Esos adolescentes éramos mi mejor amigo Tadeo y yo. Nuestro plan era viajar lejos, más allá de las miradas inquisidoras de nuestros padres, a deleitarnos durante cuatro días de libertad, aire libre y naturaleza, música en vivo, fiesta y baile, abundancia de alcohol y otras sustancias, y –por sobre todas las cosas– jovencitas desinhibidas dispuestas a entregarles sus húmedos cuerpos a cualquiera (incluso a nosotros). Nuestro plan era irnos de camping al Dique La Florida.

El Dique La Florida, por aquel entonces, era el punto de convergencia predilecto de la juventud puntana, ya que allí podían cometer todos sus excesos creyendo que sus conocidos de la ciudad jamás se enterarían (aunque, en realidad, ellos también estarían ahí). Al tratarse de un sitio muy concurrido, Tadeo y yo concluimos que nosotros dos solos estaríamos en desventaja contra los demás grupos de muchachos y muchachitas. Necesitábamos ser más y, como nuestros conocidos en común ya tenían planes, Tadeo propuso que llevásemos a los dos mejores amigos de él: el Lotario y el Wilmerd.

Lotario vivía en algún punto de la frontera entre los barrios “Paulo Díaz” y “el 828” (viviendas). Es decir, no en la loma del orto, sino pasando. Este pibe se las daba de fachero y chico bien aunque, en realidad, era un ratón de iglesia. Nunca conocí a nadie que le tuviera tanta aversión a pagar por algo (hasta que conocí a Wilmerd, que era igual o peor que él). Tadeo me había contado que este Lotario tenía una moto pero después la vendió  para, con ese dinero, armarse una súper-bicicleta con los mejores pedales y todo… (yo me preguntaba ¿quién puede preferir una bicicleta a una moto? ¿alguien que no quiere cargarle combustible?) Recuerdo a Lotario por no haberse quitado nunca sus anteojos de sol durante todo lo que duró nuestra odisea: ni de día, ni de noche. A su favor, debo decir que la única cosa buena que hizo fue muy buena: fue el que trajo la carpa. También trajo un mantel enrollado que contenía sus artesanías: aritos hechos con plumas de pajaritos pintadas, que Lotario pretendía venderles a todas las acampantes incautas que se le cruzaran.

Después de Lotario fuimos a buscar a Wilmerd, quien vivía más lejos aún. Este personaje era rubio y de barbita, petiso, flaco, encorvado y con cara de loco furioso. Tadeo me advirtió que algo de loco tenía, y que convenía no hacerlo enojar. No recuerdo haber visto sonreir a Wilmerd ni una sola vez en toda la expedición. Wilmerd salió de su casa para acampar cuatro días sin llevar absolutamente nada, salvo una guitarra, la cual accedió a traer por insistencia de Lotario.

Antes de irnos, los dos se pusieron a ensayar. Primero uno y luego otro, tocaron y cantaron canciones propias que sonaban exactamente iguales: su música eran meros rasguidos que yo podría interpretar mejor aunque nunca empuñé ningún instrumento en mi vida, y sus letras –improvisadas– consistían en versos de 3 a 4 sílabas (la última siempre prolongada). Con tan innegable talento, confiaban en blandir esa pobre guitarra como un arma invencible de seducción y embrujar a las jovenzuelas en un hechizo musical que las haría caer rendidas de rodillas ante ellos para que se las…

Hasta ese momento yo no conocía a Wilmerd ni a Lotario, por lo cual agoté mi natural carisma y don de gentes para entablar cierta confianza con estos dos extraños que convivirían cuatro días conmigo y mi amigo. Fue en vano: las únicas respuestas que recibí de ellos fueron monosílabos fríos y cortantes. De hecho, ninguno de los dos me dirigió jamás la palabra por iniciativa propia; sólo se comunicaban entre ellos y, ocasionalmente, con Tadeo. Durante toda la excursión, la interacción entre esos dos personajes y yo se limitó a miradas suspicaces y silencios incómodos. Suele decirse que la gente del interior se destaca por su calidez humana, y eso en parte es verdad, pero también hay gente, como esta, que es una cagada.

Así conformado, el grupo partió. Wilmerd iba con las manos en los bolsillos; su guitarra la cargaba Lotario, quien a su vez llevaba un mochilón con la carpa, su mantel de artesanías, y una inmensa cantidad de elementos para camping que serían de su uso exclusivo, personal e intransferible. Tadeo sólo llevaba una bolsa de plástico con alguna que otra prenda. Y yo, por ser mi primera vez, había llenado un bolso con suficiente ropa para toda una temporada. Era pasada la hora de la siesta. Caminamos desde las casas de esos chabones hasta la –entonces– vieja terminal de ómnibus, haciendo antes una escala inexplicable de unas cuatro horas en un barrio de monoblocks, y nos embarcamos rumbo a San Luis.


Con el crepúsculo nos bajamos del micro en una estación de servicio que está poco antes de entrar a la capital puntana. Ahí debíamos tomar otro colectivo que, según Lotario y Wilmerd, nos llevaría hasta el Dique La Florida. Nos paramos a la vera del camino y esperamos. La estación de servicio estaba cerrada. Los pocos negocios y todas las casas circundantes, también. No se veía absolutamente a nadie en los alrededores. Estábamos en la intersección de dos de los caminos más importantes de la provincia pero, por alguna extraña razón, esa tarde no circulaba vehículo alguno. Parecía que hubiéramos llegado a un pueblo fantasma, como en una de esas películas de ciencia ficción donde toda la humanidad desaparece –menos los protagonistas– y el planeta queda desierto. Lo único que faltaba era uno de esos cardos rodantes.

Pasó media hora hasta que nos dimos cuenta que nadie nos llevaría a ningún lado: donde quisiéramos ir, tendríamos que llegar por nuestros propios medios. Volver no era una opción, así que empezamos a caminar en dirección al embalse. No sabíamos que de nuestro destino nos separaba una distancia de 30 kilómetros: tendríamos que caminar durante 6 horas si no lográbamos hacer dedo, lo que era bastante improbable ya que éramos 4 varones, de noche, en un camino desolado.

Pero nosotros no pensábamos en nada de eso: íbamos cantando, riendo, bailando, saltando, empujándonos, dando alaridos y tirando cascotes que no pegaban en ninguna parte. No tardamos mucho en salir del área poblada y adentrarnos en el camino que atraviesa las sierras. Pronto se hizo noche cerrada, una noche oscurísima –ese camino casi no tenía iluminación– y bastante fría por ser Septiembre. Durante varias horas no pasó ni un vehículo. La primera luz que vimos fue de un almacén de campo; llegamos y golpeamos hasta despertar a alguien. Nuestro instinto adolescente nos reclamaba una sola cosa: alcohol. Lo único que tenían era esa gaseosa alcohólica saborizada a fernet con coca listo para tomar llamada Fernandito, así que compramos varias botellas (que pagamos Tadeo y yo).

El Fernandito duró poquito y, un rato más tarde, ya menos sobrios, nos dimos cuenta de que teníamos hambre y a nadie se le había ocurrido traer ni comprar comida. Estuvimos a punto de sacrificar a alguno para alimentar al resto, pero entonces Tadeo hizo una confesión: una tía de él le había regalado una vianda para llevarse al campamento y él la había escondido en mi bolso para comérsela solo al llegar. Abrí el bolso y, entre mi ropa, encontré una bandejita plástica con papas fritas, chizitos, algunos cubos de jamón y queso, y maníes… (Después de ese viaje, pasé años sacando maníes sueltos que quedaron metidos en los recovecos de ese bolso.) Fue poca comida, pero mejor que nada, y nos mantuvo en pie para seguir caminando.

Avanzábamos en la oscuridad casi absoluta, perdida ya la noción del tiempo y el espacio, en silencio, lentamente y sin más alegría. De repente oímos acercarse al primer vehículo de la noche: era una Citroneta desvencijada que, para colmo de bienes, transitaba en la misma dirección que nosotros. Le hicimos dedo parándonos los cuatro en el medio de la ruta: iba a tener que atropellarnos si pretendía pasar sin llevarnos. Por suerte se detuvo. Adentro viajaban varios jipis; un par se bajaron y nos preguntaron adónde íbamos. “Al dique La Florida”, les dijimos. “Suban”, respondieron, y nos abrieron las puertas de atrás. Los tres o cuatro jipis de la Citroneta parecían amigables y pegaron onda con nosotros enseguida porque ellos también hacían artesanías para vender, como Lotario, y llevaban instrumentos musicales. Iban tomando un whisky berreta que se pasaban en una taza de plástico –conductor incluido, obviamente– de la cual amablemente nos convidaron. Nos ofrecieron dejarnos en un lugar desde donde podríamos entrar al Camping La Florida sin pagar y sin que nadie nos viera. De más está decir que aceptamos gustosos sus ofertas.

El viaje en Citroneta fue muy largo –caminando no lo habríamos logrado– hasta que al fin nos detuvimos junto a un barranco desde donde se divisaba el embalse La Florida. En ese momento los jipis bien podrían habernos violado, matado, vuelto a violar, y luego arrojar nuestros cuerpos cuesta abajo donde jamás serían hallados. Afortunadamente tenían otros planes: nos dijeron que habíamos llegado y se bajaron de la Citroneta con nosotros trayendo su whisky y sus instrumentos. Se hizo una ronda de bebida mientras los jipis tocaban unas cosas que parecían una flauta y un tamboril; Lotario y Wilmerd acompañaban torpemente, uno intentando tocar la guitarra y el otro cantar. No disfruté mucho del festejo improvisado porque a esa altura lo único que quería era irme a la mierda, llegar de una vez al camping y descansar. Después de poco más de una hora los jipis finalmente nos indicaron por dónde bajar el barranco y se fueron en su Citroneta. Nos armamos de coraje y comenzamos a descender entre los peñascos, al principio bastante empinados, en la profunda oscuridad de esa noche sin luna. Recién cuando llegamos abajo vimos, muy lejos, las pocas luces del camping, y nos acercamos agachados para no ser vistos. Antes de darnos cuenta ya estábamos caminando entre las carpas, donde todo el mundo dormía, así que buscamos un lugar donde armar la nuestra y pernoctamos.

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ViLLA MERCEDES: la CiUDAD ViRTUAL iNTERACTiVA

Hace ya un tiempo que me siento interesado por el turismo virtual. Me parece copado que se pueda visitar, conocer y explorar parajes exóticos desde la comodidad de una computadora. No sé si en Internet ya hay ciudades de la Argentina abiertas a los tours virtuales, pero sí creo que vale la pena darles representación en el ciberespacio a algunas localidades poco conocidas que merecen ser descubiertas. Por eso, desde EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO he lanzado mi proyecto para desarrollar un modelo digital, tridimensional e interactivo de la ciudad de Villa Mercedes, en la provicia de San Luis.

La plataforma para este proyecto será el soporte lógico Los Sims 3 de Electronic Arts. La ciudad virtual se construirá en su totalidad empleando la Herramienta para Crear un Mundo de The Sims 3 y, una vez terminada, será distribuida desde este mismo blog como un mundo o vecindario stand-alone para disfrutar en Los Sims 3.

MAPA del PROYECTO

Mapa del proyecto

A la izquierda, una imagen satelital de la porción de Villa Mercedes a representar. A la derecha, un esquema de su equivalente virtual. Las líneas rojas indican la ubicación que tendrán en el modelo virtual algunos de los puntos de interés más relevantes de esta ciudad, como son:

  • 1 Plaza Lafinur
  • 3 Tanque de Agua de Obras Sanitarias
  • 4 Plaza Pedernera
  • 9/75 Hospital
  • 15/16 Club Jorge Newbery
  • 27/28/29/30 Paseo del Centro Shopping, Bares El Viejo Molina, Coyote y Madero’s
  • 32 Plaza Sarmiento
  • 35 Centro Cívico
  • 38/39 Casa de la Cultura y Plaza del Mercado
  • 41 Colegio Nacional
  • 45 Barrio La Rioja
  • 48 Plaza San Martín
  • 49 Municipalidad
  • 50 Hogar Escuela
  • 59 Plaza Pringles
  • 66 Caja Social
  • 70 Molino Fénix
  • 72/73/74 Boliche Don Miranda, Calle Angosta y Estación de Tren

La Villa Mercedes virtual comprenderá alrededor de 80 sitios explorables y completamente interactivos. Elegí modelar la ciudad en Los Sims 3 porque esta plataforma brinda la posibilidad de diseñar una ciudad viva y dinámica, poblada por personas virtuales (Sims) que llevan adelante sus vidas cotidianas –todas en simultáneo y en tiempo real– con o sin intervención del espectador.

Para ir creando expectativa, les dejo algunas imágenes preliminares, a ver si pueden distinguir las reales de las virtuales:

Plaza LafinurPlaza Lafinur

Plaza PederneraPlaza Pedernera

Un edificioUn edificio

Lavadero abandonadoLavadero abandonado

 

¡Que sorpresita!

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La MEJOR POSTAL de AÑO ViEJO 2010: DAViD BiSBAL BESANDO la COPA del MUNDO

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO eligió la siguiente imagen como la postal más representativa del universo para el año 2010 que se va:

David Bisbal besando la Copa del Mundo

¿Por qué? Porque a David Bisbal se le criticó mucho por haberle dado ese beso a la Copa del Mundo, y me pareció injusto. Podría criticársele infinitamente por haberse dedicado a la “música”, pero no por haber hecho aquello. Yo en su lugar habría hecho lo mismo si hubiera tenido la oportunidad, suponiendo que realmente tuviese ganas de besar la Copa del Mundo (que no las tengo, si pienso en cuántos labios se posaron sobre ella antes y dónde habrían estado esos labios antes, considerando el homoerotismo que caracteriza a los jugadores de fútbol). ¿Qué opciones tenía Bisbal?

  1. Besar la copa ahí mismo –como lo hizo–, darse el gusto y de yapa disfrutar la publicidad gratuita –y las consiguientes ventas de discos– que le regalarían sus detractores cuando le repudiasen por todos los medios posibles.
  2. No besarla y arrepentirse durante el resto de su vida por haber “hecho lo correcto” y desechado tan valiosa oportunidad, lo que probablemente le hubiera empujado al suicidio una vez que su seleccionado saliera eventualmente campeón. Eso si descartamos la posibilidad de que no fuera otra cosa más que el beso de Bisbal lo que llevara, mágicamente, a España a ganar el campeonato.
  3. Ganarse de ley el derecho a besar la Copa del Mundo, haciendo lo más correcto: abandonando la música –fundamentalmente– para convertirse en futbolista profesional, llegar al seleccionado y salir campeón del mundo… O sea, para el 2026 más o menos.

Desde este rincón del mundo, mis respetos al Sr. Bisbal, y un FELIZ AÑO NUEVO 2011 para todos los lectores de EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO (sí, para ambos).

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COMENTARIO / CRíTiCA de la LETRA de “COLGANDO EN TUS MANOS (CANCIONES DE $4,40)” de CARLOS BAUTÉ y MARTA SÁNCHEZ

Mi corazón está... ¿colgando? ¿en tus manos? ¿¿LO QUÉ??

Mi corazón está... ¿colgando? ¿en tus manos? ¿¿LO QUÉ??

“Te envío poemas de mi puño y letra
Te envío canciones de $4,40
Te envío las fotos cenando en Marbella
Y cuando estuvimos por Venezuela
Y así me recuerdes y tengas presente
Que mi corazón está colgando en tus manos”

Los otros días me tocó escuchar esta cancionzuela por primera vez mientras viajaba en transporte urbano de pasajeros. El chófer, un hombre al que hasta ese momento yo respetaba, había tenido a bien sintonizar la radio en el programa de ese locutor de cabeza rapada que habla forzando una horrible voz de señora de cuarenta décadas y que se incluye a sí mismo cuando habla de “nosotras, las mujeres“. Quiero suponer que tan desafortunada sintonía obedecía a un inexplicable deseo de complacer a las venerables damas octogenarias que componían mayormente el pasaje del vehículo (yo, en cambio, hubiera puesto esta radio). Pero volvamos sobre la canción de marras.
Que la letra fuera mediocre no me impactó demasiado, pues estaba claro que se trata de la por demás común música chicle que se mastica en las radios hasta el hartazgo para luego escupirla y que al cabo de unos meses nadie la recuerde. Sin embargo, en los días subsiguientes, tras unas cuantas repeticiones -sinceramente demasiadas- comencé a darme cuenta de las razones por las que esta canción en particular me merecía un especial desagrado:

  • Ese estribillo no rima. Yo no sé una mierda de música, lo admito, pero ni sabiendo una mierda se le podría encontrar la rima, y aunque la tuviera igual suena mal. He tenido que escuchar otras canciones e inclusive leer poesías que no rimaban, y aunque haya gente que considere esas obras como “vanguardistas” y “revolucionarias“, generalmente a la mayoría de las cosas “vanguardistas” y “revolucionarias” se les dice así para no llamarlas directamente como lo que son: “cagadas“.
  • ¿Qué carajo me importa a mí si estuvistes cenando en Marsella, Marbella, Venezuela o Venecia? Yo anoche cené de una lata sobre la puerta abierta de la heladera, y no escribí una canción sobre eso.
  • No entiendo cuáles ni qué son las canciones de cuatro pesos con cuarenta, ni por qué este muchacho cree que valen tanto. Sin son canciones suyas, le aviso que se está sobrevaluando mal: yo no le daría ni un centavo doblado al medio.

Realmente no me importa tanto esta canción, y definitivamente no tengo ningún encono personal contra el señor Bauter ni la señorita Martha, aunque yo, si fuera él, le habría dedicado a ella la siguiente canción:

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EL PAíS DE LAS MARAViLLAS: UN CUENTO sobre EL LADO OSCURO de la NAViDAD (parte 7 de 7)

EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO presenta la última parte de esta serie de 7 artículos, todos catalogados bajo el siguiente link: CLICKEÁ ACÁ para leer las demás partes ya publicadas!

Centro comercial con decoración navideñaViernes 26 de Diciembre:Papa Noel toma cerveza

De más está decir que no recuerdo demasiado de lo ocurrido el 24. Teníamos un plantel de tres hombres, las filas más largas que he visto jamás, y una colección titánica de bebidas alcohólicas que simplemente no podía sobrar. En cierto momento del día Toto Foto decidió empezar a comunicarse únicamente a través de marionetas -para disimular su voz, desarticulada por la borrachera- y yo, siguiendo su ejemplo, pronto adopté mi mejor acento de duendecillo de cuentos. Santa Claus tanChica vomitando sólo se volvió el bastardo más alegre del universo (exceptuando a esos que dicen “yo me amo”). Para colmo, Santa tiene aguante para el escabio. En serio: Santa chupó el doble que Toto Foto y yo, y no recuerdo que haya vomitado ni una sola vez.


A eso de las 8:30 PM el sitio estaba vacío. Nuestra área se hallaba vacía por primera vez en todo el día, y cualquier persona que quedara en el shopping parecía querer decir “¡fuera de mi camino, esto de la Navidad me agarró de sorpresa!” Si mal no recuerdo, entre nosotros se consideró la posibilidad de trabajar el día de Navidad, pero… NI EN PEDO. Toto Foto estaba empacando su equipo (por el amor de Dios, espero que ese fuera su equipo), yo me hacía la del Mentat sobre la caja del dinero, y Santa estaba metiendo botellas en una bolsa de basura y Haciendo la del Mentathaciendo limpieza general. Por supuesto, cuando digo “metiendo botellas en una bolsa de basura” quiero decir “metiendo botellas, formularios y registros en una bolsa de basura”, y cuando digo “haciendo limpieza general” quiero decir “destruyendo toda evidencia de que jamás hubiéramos siquiera existido ni mucho menos estado cerca de este lugar”. Como se ve, nuestra innovativa solución a la crisis salarial realmente fue bastante simple: decidimos repartirnos los ingresos de dos días entre nosotros tres, para luego despegar y bombardear el sitio desde órbita.

Lo intenté, mierda. Intenté ser un buen gerente. Me pasé buena parte del lunes y martes pasado tratando de hacer que alguien se encargara de esta puta situación. Hablé con los jefes de los otros puestos. Traté de derribar las puertas de las oficinas de la dirección. El tema del alcohol se nos fue un poquito de las manos, sin embargo… Hmmm… La verdad que no tengo una excusa para eso. Se nos fue la mano con el alcohol. Mirá: los clientes que atendí en este trabajo fueron la peor gente que he visto en todos mis años en la industria de servicios. No sólo los peores clientes, sino los peores seres que hayan parido madres. Basura de la humanidad. Y las campanas, con su clang-clang de mierda que sonaba apenas yo diera un paso. Vos también beberías. Debí renunciar días o incluso semanas atrás. Desfalco, robo, evasión de impuestos. No tengo idea de cuántos delitos cometí el miércoles, ni sabría por dónde empezar a contarlos, pero tengo la esperanza de salir de acá antes de que se pudra todo. En el piso de la Cabaña dejamos una pila de ropa de elfo prolijamente doblada, y tengo alrededor de 4000 dólares en efectivo guardados en el cajón de mi escritorio. Se acabó la joda. Game Over.

EPíLOGO

Y esa fue la estación navideña del año de nuestro Señor dos mil y tres. Me mantuve en contacto con Toto Foto a través de los años, más que nada como un sistema de alerta anticipada. Supongo que es buena idea mantenerse en contacto con quienes fueron tus cómplices de latrocinio. Por extraño que parezca, Contabilidad creativaToto hoy tiene una tienda de revelados y parafernalia fotográfica en ese mismo shopping. Según me contó, nuestras travesuras fueron cosa de nada comparadas con las de los mandamases. Alguno de ellos quiso mandarse una contabilidad vanguardista, y realmente pusieron en contexto el significado de términos como “desfalco” y “evasión impositiva” a comparación de nuestro miserable botín.

No estoy del todo seguro sobre lo que siento por lo que hice ese año, pero sí estoy bastante seguro de que no me van a agarrar aunque el equivalente a mi confesión sea diseminado por todo Internet. Toto Foto está de acuerdo. No sabemos qué pasó con Santa. Ninguno de nosotros dos volvió a verlo ni a oír de él desde la víspera de Navidad, pero me gusta pensar que todavía está ahí afuera, en algún lado, haciendo felices a los niños bajo la influencia del espíritu de Navidad.

Papá Noel haciendo felices a sus ayudantes...Papá Noel mamadoAVISO: “EL PAíS DE LAS MARAViLLAS: UN CUENTO sobre EL LADO OSCURO DE la NAViDAD” presentado por EL MEJOR BLOG DEL UNIVERSO es una traducción del artículo “Winter Wonderland” publicado originalmente por Elrond Elfington. EL MEJOR BLOGero DEL UNIVERSO no tiene participación alguna en los hechos relatados.
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