“Te envío poemas de mi puño y letra
Te envío canciones de $4,40
Te envío las fotos cenando en Marbella
Y cuando estuvimos por Venezuela
Y así me recuerdes y tengas presente
Que mi corazón está colgando en tus manos”
Los otros días me tocó escuchar esta cancionzuela por primera vez mientras viajaba en transporte urbano de pasajeros. El chófer, un hombre al que hasta ese momento yo respetaba, había tenido a bien sintonizar la radio en el programa de ese locutor de cabeza rapada que habla forzando una horrible voz de señora de cuarenta décadas y que se incluye a sí mismo cuando habla de “nosotras, las mujeres“. Quiero suponer que tan desafortunada sintonía obedecía a un inexplicable deseo de complacer a las venerables damas octogenarias que componían mayormente el pasaje del vehículo (yo, en cambio, hubiera puesto esta radio). Pero volvamos sobre la canción de marras.
Que la letra fuera mediocre no me impactó demasiado, pues estaba claro que se trata de la por demás común música chicle que se mastica en las radios hasta el hartazgo para luego escupirla y que al cabo de unos meses nadie la recuerde. Sin embargo, en los días subsiguientes, tras unas cuantas repeticiones -sinceramente demasiadas- comencé a darme cuenta de las razones por las que esta canción en particular me merecía un especial desagrado:
- Ese estribillo no rima. Yo no sé una mierda de música, lo admito, pero ni sabiendo una mierda se le podría encontrar la rima, y aunque la tuviera igual suena mal. He tenido que escuchar otras canciones e inclusive leer poesías que no rimaban, y aunque haya gente que considere esas obras como “vanguardistas” y “revolucionarias“, generalmente a la mayoría de las cosas “vanguardistas” y “revolucionarias” se les dice así para no llamarlas directamente como lo que son: “cagadas“.
- ¿Qué carajo me importa a mí si estuvistes cenando en Marsella, Marbella, Venezuela o Venecia? Yo anoche cené de una lata sobre la puerta abierta de la heladera, y no escribí una canción sobre eso.
- No entiendo cuáles ni qué son las canciones de cuatro pesos con cuarenta, ni por qué este muchacho cree que valen tanto. Sin son canciones suyas, le aviso que se está sobrevaluando mal: yo no le daría ni un centavo doblado al medio.
Realmente no me importa tanto esta canción, y definitivamente no tengo ningún encono personal contra el señor Bauter ni la señorita Martha, aunque yo, si fuera él, le habría dedicado a ella la siguiente canción:





